REPUBLIC OF CÓRDOBA

Navegación

Republic of Córdoba

1730

PRÓLOGO DE LA RAÍZ NEGADA

El nombre que me pusieron

Crónica imaginada de Kalandula, hombre nacido en Angola y esclavizado en la estancia jesuítica de La Candelaria, una madrugada de invierno mientras preparaba las mulas que sostenían un imperio que no era suyo.

HACIA 1730 · ANTES DEL AMANECERESTANCIA DE LA CANDELARIA · SIERRAS GRANDES · CÓRDOBA

NOTA DE LECTURA

Lo que sigue es la crónica de Kalandula tal como podría haberla pensado esa madrugada. Los hechos documentados son reales — La Candelaria y sus 134 esclavizados, la cría de mulas para Potosí, la capilla de piedra, la ranchería, los nombres cristianos impuestos en el bautismo, el origen angoleño de los traídos. La voz de un hombre que construyó con sus manos lo que cuatro siglos después sería Patrimonio de la Humanidad, sin que su nombre quedara en ninguna piedra: eso lo imaginó alguien que tuvo que imaginar a quien la historia decidió no nombrar.

TRANSCRIPCIÓN NARRATIVA

TESTIMONIO ATRIBUIDO

Kalandula — bautizado Ignacio — · Esclavizado · Estancia de La Candelaria · Sierras Grandes · Córdoba · hacia 1730

Me llamo Kalandula. Lo digo primero porque es lo primero que me quitaron, y porque decirlo en voz baja antes de que salga el sol es la única forma que tengo de que siga siendo cierto. Aquí me llaman Ignacio. Me pusieron el nombre del hombre que fundó la orden que me compró. El padre que me bautizó lo dijo despacio, como si me estuviera dando algo, y yo entendí, por la cara que puso, que esperaba que yo le agradeciera. Tenía nueve años. Agradecí.

Vine de un lugar que se llama Angola, aunque ese tampoco es el nombre que nosotros le dábamos. Lo aprendí después, de boca de los que me trajeron. Del mío me acuerdo del olor, del calor distinto al de aquí, de una mujer que cantaba mientras molía algo en un mortero de madera. No sé si era mi madre. Tenía nueve años cuando me subieron al barco y los nueve años que uno tiene no alcanzan para guardar una cara entera. Guardé el canto. La cara se me fue borrando como se borra el nombre de las cosas cuando nadie las dice más.

Hace frío esta madrugada. Me levanté antes que los demás de la ranchería porque las mulas no esperan, y porque prefiero el rato en que todavía está oscuro y nadie me ve y puedo ser, durante un momento, solamente un hombre parado en la noche y no lo que soy cuando sale el sol. La escarcha cruje bajo los pies descalzos — un frío que mi cuerpo no conocía, que en mi tierra no existía, que tuve que aprender como aprendí tantas otras cosas acá: a la fuerza, hasta que el cuerpo dejó de pelear.

Las mulas son mi oficio. Lo digo sin orgullo y sin vergüenza, porque es la verdad: nadie en esta estancia entiende a las mulas como yo. Soy el que las amansa, el que les enseña a cargar, el que sabe cuál va a servir para el camino largo a Potosí y cuál se va a echar a morir en la primera cuesta. Los padres lo saben. Por eso, de todos los trabajos, me dieron este — no por bondad, sino porque una mula bien amansada vale plata y una mula muerta es plata perdida, y yo hago que no se pierda.

Somos ciento treinta y cuatro en esta estancia. Lo sé porque el hermano que lleva las cuentas nos contó el año pasado, uno por uno, con el mismo cuidado con que contó los bueyes y las ovejas, en la misma lista, con la misma tinta. Nueve mil bueyes. Cinco mil caballos. Ciento treinta y cuatro de nosotros. Estábamos entre los animales en el papel, y entendí esa tarde algo que ya sabía con el cuerpo pero que ver escrito lo hizo distinto: que para ellos no éramos gente que trabajaba. Éramos cosas que producían.

Y sin embargo nos bautizan.

Eso es lo que nunca terminé de entender. A un buey no lo bautizan. A una mula no le ponen el nombre de un santo ni la obligan a arrodillarse los domingos. A nosotros sí. Nos cuentan entre los animales en la lista de bienes y nos llevan a la capilla a salvar un alma que, si la tenemos, entonces no somos animales — y si no la tenemos, entonces para qué la misa. Nunca le pregunté eso a ningún padre. Hay preguntas que uno guarda porque hacerlas en voz alta cuesta la espalda.

La capilla la levantamos nosotros. Esto quiero decirlo claro porque es lo que más me pesa y lo que más me sostiene al mismo tiempo. Tuve que aprender la piedra. En mi tierra se construía con barro, con paja, con madera — la piedra cortada y encimada una sobre otra es cosa de ellos, y me la enseñaron a los golpes hasta que mis manos entendieron lo que mi cabeza no quería entender. Esas paredes que el padre llama casa de Dios las subí yo, con estos brazos y con los brazos de hombres que ya se murieron cargando piedra. El altar dorado delante del cual me arrodillo a rezar a un dios que no me preguntó si lo quería — ese altar descansa sobre un piso que pisé descalzo acarreando los bloques desde el río. Rezo, los domingos, adentro de algo que hice con las manos. Le rezo a su dios en una iglesia que es más mía que de él, porque él la mandó hacer pero yo la hice.

Hay una palabra para eso y no la encuentro en su idioma ni en el mío. La sensación de construir lo que te encierra. De ser la mano que levanta la pared que te tapa el cielo.

El padre superior es un hombre que no es cruel. Lo digo porque es verdad y porque la verdad importa más que mi rabia. No me pega. Reza de rodillas horas enteras, con una entrega que yo reconozco aunque no comparta, porque el que canta a sus dioses con el cuerpo entero es algo que yo vi hacer a mi gente antes de que me trajeran. El padre cree, de verdad, que me está salvando. Y eso es lo más difícil de cargar. Es más fácil odiar al látigo que al hombre que te encadena mientras te pide que mires al cielo y le agradezcas.

Las mulas que amanso se van por el camino del norte hacia un lugar que llaman Potosí, donde dicen que hay un cerro de plata y hombres que mueren adentro de él sacándola. Nunca lo vi. Pero pienso seguido en eso: que mi trabajo termina en una mula cargada de plata que mantiene un colegio en la ciudad de Córdoba donde los hijos de los señores aprenden a leer. Mi sudor sube por ese camino y se convierte en libros que yo no voy a leer nunca. Sostengo con la espalda el techo de una casa donde no me van a dejar entrar — y adentro, unos señores aprenden de los libros que mi espalda pagó.

Pero.

Hay un pero, y lo guardo para el final de la madrugada, para este rato en que todavía está oscuro.

En la ranchería, de noche, cuando los padres duermen, cantamos. Bajo, siempre bajo. Son cantos que trajimos de allá, cada uno del pedazo de África de donde lo arrancaron, y se han ido mezclando entre nosotros hasta volverse otra cosa que no es de allá ni de acá — algo nuevo, algo que nació en esta ranchería de piedra al pie de estas sierras ajenas. Los chicos que nacen aquí ya no conocen Angola. Pero conocen el canto. Lo aprenden de nosotros como yo aprendí el de la mujer del mortero. Y en ese canto va, sin que los padres lo sepan, todo lo que no pudieron quitarnos: una manera de mover el cuerpo, una manera de alargar las palabras, un modo de decir las cosas que se nos va a quedar pegado a esta tierra mucho después de que yo no esté.

Porque eso es lo que ellos no entienden, los que nos cuentan entre los bueyes. Creen que porque nos quitaron el nombre nos quitaron todo. Pero el nombre es lo que se ve. Abajo del nombre hay cosas que no se dejan contar en ninguna lista. La forma en que canto. La forma en que mis hijos van a cantar. La forma en que, dentro de cien años o de trescientos, alguien en estas sierras va a hablar y va a alargar las vocales de una manera que va a venir de nosotros sin que sepa de dónde le viene.

Me llamo Kalandula. Me dicen Ignacio. Voy a morir con el nombre que me pusieron y me van a enterrar quizás sin nombre, en la tierra de atrás de la capilla, donde van los nuestros, sin piedra ni marca. Pero algo mío va a quedar acá. No mi nombre. Algo más difícil de borrar que un nombre.

Ya viene el sol por el lado de las sierras. Las mulas se mueven en el corral, me huelen, saben que soy yo. Voy a trabajar. Pero esta madrugada, antes, fui Kalandula un rato más. Y eso también es una forma de seguir estando.

Kalandula · llamado Ignacio · Esclavizado · Estancia de La Candelaria · Sierras Grandes · Córdoba · hacia 1730

EPÍLOGO DE PERSISTENCIA

Lo que siguió: las estancias jesuíticas de Córdoba —La Candelaria, Alta Gracia, Jesús María, Santa Catalina, Caroya— se sostuvieron con trabajo esclavo africano, en su mayoría traído de Angola por el puerto de Buenos Aires. El inventario de La Candelaria registró a 134 personas esclavizadas contadas en la misma lista que los bueyes y las mulas. La producción de esas estancias financió el Colegio Máximo, hoy Universidad Nacional de Córdoba. Las primeras víctimas documentadas de la trata en territorio cordobés fueron Pedro y Yomar, en 1588. En la estancia de La Candelaria está documentada la historia del niño esclavo Dionisio, estudiada por la investigadora Josefina Piana. Hacia 1850, cerca del 60% de la población de la provincia de Córdoba era afrodescendiente. Muchos que huían se internaban en Traslasierra y se mezclaban con los pueblos originarios; algunas figuras que el imaginario popular recuerda como indígenas eran, en realidad, afrodescendientes. La historia oficial los borró: construyó el relato de una Córdoba blanca. En 2025, la Legislatura instituyó el 27 de abril como Día Provincial de los Afrocordobeses, en memoria de Pedro y Yomar. Las estancias que levantaron con su sudor son hoy Patrimonio de la Humanidad. En los bronces oficiales, sus nombres fueron borrados; en el viento de las sierras y en el vaivén de la tonada cordobesa, nunca pudieron callarlos.

CONTINUAR LA LECTURA

La historia oficial los borró.
La tonada, quizás, todavía los escucha

Esta crónica cuenta la raíz que el relato de una Córdoba blanca quiso olvidar. Las estancias que hoy son Patrimonio de la Humanidad se levantaron con trabajo esclavo, y esa herencia sobrevivió donde nadie pensó en borrarla: en el habla, en la música, en las costumbres. La raíz africana es hermana de la indígena — las dos voces que la ciudad no nombró.