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Republic of Córdoba

1573

PRÓLOGO FUNDACIONAL

6 de julio de 1573 · Quisquisacate

Crónica imaginada de Francisco de Torres, escribano del Rey, en la noche de la fundación de Córdoba.

MIÉRCOLES, 6 DE JULIO DEL AÑO DEL SEÑOR DE 1573A ORILLAS DEL RÍO SUQUÍA · QUISQUISACATE

NOTA DE LECTURA

Lo que sigue es la crónica de Francisco de Torres, escribano del Rey, tal como podría haberla escrito esa noche. Los hechos documentados son reales — Cabrera, el acta, el sauce, el padre Pérez, los comechingones. El resto es lo que el frío y el río y el miedo y la belleza le habrían dictado a un hombre que sabía escribir y que estaba viendo algo que no sabía todavía que era el principio de todo.

TRANSCRIPCIÓN NARRATIVA

DOCUMENTO ATRIBUIDO

Francisco de Torres, escribano mayor de Su Majestad, a orillas del río Suquía

Hubo escarcha esta mañana. Lo digo porque importa. Porque nadie que escuche la palabra fundación imagina el frío. Imagina banderas, imaginan discursos, imaginan algo solemne y cálido. Pero el frío estuvo ahí, y yo —que soy el escribano y tengo el deber de consignar lo verdadero— lo consigno: la mañana del miércoles 6 de julio del año de Nuestro Señor de 1573, en el lugar que los naturales llaman Quisquisacate, encuentro de los ríos en su lengua, hubo escarcha sobre el pasto, y los caballos echaban vaho al respirar, y mis dedos apenas obedecían cuando tuve que tomar la pluma.

Llevamos once días aquí. Llegamos el 24 de junio — día del Bautista, que es por eso que Don Jerónimo bautizó al río como San Juan, aunque los naturales lo llaman Suquía y yo sospecho que ese nombre le durará más. Once días acampados en la banda norte del río, mirando las sierras, esperando la decisión del Gobernador, comiendo tasajo frío y escuchando el agua.

Cien hombres. Más de mil animales. Una caravana que salió de Santiago del Estero desafiando las órdenes del Virrey Francisco de Toledo, que había dicho claramente: poblad en el Valle de Salta. Don Jerónimo Luis de Cabrera dijo que sí. Luego siguió hacia el sur. Llevamos meses desobedeciendo a Su Excelencia, aunque nadie lo llame así en voz alta.

Yo lo llamo así aquí, en estas páginas que no son el acta oficial. El acta oficial es otro documento. Este es el mío.

A las seis de la mañana vino a buscarme el alférez Rodrigo de Molina. Dijo que el Gobernador pedía el tintero y el papel. Supe entonces que era el día.

Me puse la capa con las manos torpes. Encontré a Don Jerónimo de pie, ya vestido con su mejor ropa — el jubón de brocado que cargaba desde el Perú para una ocasión como ésta, aunque yo nunca lo había visto usarlo. Estaba mirando el río. El Suquía en invierno no es el torrente pardo que baja de las sierras en diciembre: es un hilo limpio sobre piedras blancas, quieto, casi silencioso. Las sierras al oeste estaban azules en la mañana, con un poco de nieve en los picos más altos. El sol empezaba a tocar las barrancas.

El Gobernador no me saludó. Señaló el sauce grande que crecía a la orilla y dijo solamente: ahí.

Antes de que nadie más llegara, yo miré el lugar y traté de grabarlo en la memoria.

La barranca tiene unos seis metros sobre el río en ese punto — tierra rojiza, raíces de sauces que cuelgan como cortinas, piedra basáltica debajo. La banda sur del Suquía, al otro lado, es más plana, más abierta; se puede ver hasta donde empieza el monte bajo, los algarrobos y los chañares grises del invierno, todavía sin hojas. Las montañas al poniente son el espectáculo mayor: parecen pintadas de a capas, azul oscuro cerca, azul claro lejos, y encima el cielo de julio que en este hemisferio es un cielo de pleno invierno — blanco, alto, inmóvil.

Puede prosperar aquí, pensé. Lo pensé en serio, sin retórica. Hay agua. Hay leña. Hay tierra plana para sembrar. Las sierras protegen del viento norte. Y los naturales — los que aquí llaman comechingones, aunque ellos se llaman a sí mismos hênîa, los del norte — son altos y barbudos como andaluces, como ha escrito el propio Don Jerónimo en sus relaciones, y hasta ahora no han levantado armas. Sus aldeas están en las laderas, semienterradas en el suelo, invisibles desde lejos: casas-pozo que sólo se delatan por el humo de los fogones y por los maizales alrededor.

En once días hemos visto a varios grupos observarnos desde las barrancas. Se quedan quietos. Se van.

La ceremonia fue breve. No sé si esperaba algo más largo.

El padre Francisco Pérez llegó primero, con la cruz de madera que carga desde Tucumán. Hizo la bendición del lugar con agua que había traído en una redoma, murmurando en latín, los ojos entrecerrados contra el sol de la mañana. Los hombres formaron alrededor, los más cercanos quitándose los cascos, los de atrás simplemente mirando.

Entonces Don Jerónimo desenvainó la espada.

El sonido del acero en el frío de la mañana es un sonido distinto al del resto del día. Más limpio. Más nítido. Hubo un momento de silencio antes de que sableara las ramas del sauce — no tres veces, como había hecho en Quisquisacate doce días atrás cuando ensayó la fundación, sino una vez, limpia, con fuerza, separando una rama gruesa que cayó al suelo. Luego levantó la espada y dijo en voz alta, sin vacilación: En nombre de Su Majestad el Rey Don Felipe, fundo esta ciudad.

No más palabras. Quizás hubo más después, pero esas son las que recuerdo, las que me taladraron el oído. Hubo un viva al Rey, desorganizado, entusiasta, de esos vivas que gritan los hombres cuando han estado mucho tiempo en silencio.

Después me llamó. Me pasó el acta que había dictado la noche anterior y me pidió que la leyera en voz alta antes de firmar. Tomé el papel con las dos manos — tiritaban, aunque ya no sé si era el frío — y leí: En el nombre de la Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, un solo Dios verdadero y en el asiento que en la lengua originaria se llama Quisquisacate, en presencia del escribano de su majestad, Francisco de Torres, su secretario y testigos se funda esta nueva ciudad, en este asiento cerca del río que los indios llaman de Suquia.

La ciudad se llama Córdoba de la Nueva Andalucía. Don Jerónimo dijo que era por la Córdoba de España, ciudad de la familia de su esposa Luisa Martel de los Ríos. Pero también lo escuché decir, en privado, que el paisaje le recuerda a Andalucía — las cuatro estaciones, la gente alta y morena, el cielo azul. Que hay algo en estas sierras que le recuerda a su tierra. No sé si es verdad o si lo dice para justificar lo que ya decidió. Los hombres que fundan ciudades siempre necesitan razones.

Firmé el acta. Don Jerónimo la firmó. Los testigos firmaron. El padre Pérez hizo otra bendición. Y ya estaba. La ciudad existía.

Lo que vino después fue más real que la ceremonia.

Los hombres empezaron a discutir dónde irían sus solares. El alférez Molina reclamó terreno cerca del río; el capitán Lorenzo Suárez de Figueroa —el segundo del Gobernador, el que tiene más claridad para estas cosas— empezó a caminar el terreno con pasos largos, contando mentalmente, calculando el trazado. Escuché que decía plaza aquí, iglesia allá, cabildo — como si la ciudad ya estuviera construida y él simplemente la estuviera viendo.

Yo me quedé sentado en una piedra, con el acta aún en las manos, mirando el río.

Y fue entonces cuando los vi.

Tres comechingones en la barranca de enfrente. A unos cincuenta metros. Quietos como siempre, mirando. Un hombre alto, con manta de lana oscura, y dos más jóvenes detrás. El mayor tenía la cara seria — no hostil, no amistosa, simplemente seria, como quien mira algo que entiende mejor de lo que parece. Llevaban el pelo largo y atado con fibras vegetales. Tenían los pies descalzos sobre la escarcha.

Nos miramos, sin que mediara lengua ni gesto.

Pensé: ellos llevan aquí once mil años. Yo sé esto porque el capitán que nos guía desde Santiago del Estero dijo que los arqueólogos que vendran siglos después —si es que vienen— encontrarán rastros en Ongamira de presencia humana desde hace once mil años. Pero yo no sé nada de eso. Yo solo sé que este hombre frente a mí tiene en los ojos algo que no se aprende en ochenta años de vida española: el conocimiento de cada piedra, cada sauce, cada curva del río.

Ellos cultivan maíz y porotos en terrazas que hemos visto en las laderas. Cazan guanacos y ciervos con boleadoras y flechas. Recolectan algarroba y chañar y hacen con ellos bebidas que duran el invierno. Sus casas son invisibles desde lejos — hundidas en la tierra, techadas a ras del suelo — y dentro caben, según dicen los que han entrado, ocho jinetes con sus caballos. Sus muertos están enterrados en las esquinas de sus propias casas, en posición fetal, envueltos en cuero, como si durmieran.

Adoraban al sol esta mañana, antes de que saliéramos nosotros. Lo sé porque los escuché, desde el campamento, antes del alba: un canto bajo, rítmico, que venía de las laderas y se mezclaba con el sonido del río.

El hombre de la manta oscura me siguió mirando un momento más. Luego se dio vuelta y desapareció entre los algarrobos.

No volvimos a vernos. O quizás sí, pero ya no en esa manera — directa, sin intermediarios, los dos al borde del río en el frío de julio, antes de que empezara todo.

Don Jerónimo ordenó construir el fuerte esa misma tarde. Maderos, empalizada, un perímetro. Los hombres trabajaron hasta que se fue la luz. Esta noche el campamento huele a madera cortada y a fuego y a comida caliente — el cocinero encontró venado — y hay un ruido de voces que no estaba antes, una especie de alegría que no tiene nombre exacto pero que reconozco: la alegría de los hombres que creen que lo más difícil ya pasó.

No les digo que se equivocan. No es mi oficio decir esas cosas.

Escribo esto a la luz de una vela, en la tienda que comparto con el padre Pérez. El acta oficial está guardada en el cofre de cuero, firmada y sellada. Esta página —la mía, la que nadie ha pedido— la guardaré en otro lugar.

Pienso en Don Jerónimo y sé lo que no sabe él todavía: que el Virrey Toledo no va a perdonar esta desobediencia. Que habrá un nuevo gobernador, y ese gobernador lo encarcelará. Que lo van a ejecutar el año próximo en Santiago del Estero, con garrote vil —el método de los peores reos— después de un juicio que ya tiene el resultado decidido. Que no va a ver crecer lo que plantó hoy.

Quizás lo sabe. La manera en que miró el sauce antes de sablearlo —larga, quieta, sin apuro— era la mirada de un hombre que no está pensando en mañana.

Y pienso en los comechingones. En los que vinieron después, los que verán sus maizales achicarse, sus aldeas vaciarse, sus muertos removidos de las esquinas de sus casas. En los que van a morir de viruela antes de saber que existe la viruela. En los que van a mezclar su sangre con la nuestra hasta que no se sepa distinguir dónde termina una historia y empieza la otra. Córdoba la morena, como Andalucía — como dijo el Gobernador. Algo de verdad hay en eso que no es elogio ni consolación sino simplemente descripción: dos mundos que se mezclan y no dejan de mezclarse, y de esa mezcla sale algo que todavía no tiene nombre.

Esta noche no tiene nombre todavía.

El río sigue sonando igual que esta mañana. Las sierras ya no se ven — la oscuridad de julio es completa aquí, sin luna — pero están ahí. Las siento. Setecientos millones de años de granito que no necesitaban ser descubiertas para existir. El sauce que sableó Don Jerónimo está parado en la barranca, con su rama cortada, sangrando savia en el frío.

Mañana empezarán a construir.

Francisco de Torres · Escribano mayor de Su Majestad el Rey · En el asiento de Quisquisacate, río Suquía · Miércoles 6 de julio, año 1573

EPÍLOGO DOCUMENTAL

Lo que siguió: Don Jerónimo fue ejecutado el 17 de agosto de 1574, con 46 años. Su esposa Luisa Martel de los Ríos movió todos los hilos posibles hasta que el Rey Felipe II devolvió el honor y el buen nombre a su marido. La ciudad se trasladó a la orilla sur del Suquía en 1577 y tomó el trazado de 70 manzanas que diseñó Lorenzo Suárez de Figueroa. Los comechingones fueron desplazados, reducidos, diezmados. Su lengua desapareció casi completamente. Sus apellidos, sus nombres de lugares, su entonación —que algunos lingüistas rastrean en la tonada cordobesa— sobrevivieron de maneras que no sabemos nombrar del todo. El sauce no está. Las barrancas del barrio Yapeyú sí.

CONTINUAR LA LECTURA

La fundación fue un comienzo,
no una explicación suficiente

Este prólogo ilumina la noche del origen. Pero la República de Córdoba se entiende mejor cuando se la recorre también desde su historia larga, sus raíces, sus ministerios y sus figuras tutelares.