TRANSCRIPCIÓN NARRATIVA
TESTIMONIO ATRIBUIDO
Tulián, hênîa del Suquía, orilla sur del río · Quisquisacate
Antes de que saliera el sol cantamos. Como cantamos siempre, como cantaron los que vinieron antes, como cantarán los que vengan después. El canto no es para el sol — el sol sale igual si cantamos o no. El canto es para nosotros. Para recordar que estamos aquí. Para que el frío de julio no nos haga olvidar que el cuerpo es cálido por dentro.
Esta mañana el canto duró menos. Los jóvenes estaban inquietos. Desde hace once días los extranjeros acampan en la barranca del norte y los jóvenes no pueden dejar de mirarlos. Yo tampoco. Pero los jóvenes miran con miedo o con asombro — no saben todavía que son la misma cosa. Yo miro con otra cosa que no tiene nombre todavía en mi lengua.
Los conocemos hace tiempo. No a estos — a los de su especie. Llegaron primero por el norte, hace dos generaciones. Mi abuelo los vio. Dijo que venían sobre animales enormes que no eran animales — o sí eran animales pero con hombre encima, hombre y animal fundidos en una sola criatura que al principio no sabíamos que se podía separar. Dijo que el primero que vio bajar a uno del animal casi muere del susto. El animal quedó parado solo y el hombre siguió caminando. Dos criaturas donde antes había una.
Mis hijos nunca tuvieron ese susto. Crecieron sabiendo que hombre y animal son dos cosas. Pero los caballos siguen siendo extraños — demasiado grandes, demasiado ruidosos, con ese vaho blanco que echan por la boca en el frío de julio. Esta mañana olía a caballo desde el otro lado del río.
Manawel quería acercarse. Manawel tiene dieciséis años y todavía no entiende que acercarse no siempre significa entender. Le dije que esperara. Que miráramos primero. Que el río entre nosotros y ellos era bueno — nos daba tiempo para pensar.
El Suquía en julio es quieto. Un hilo de agua sobre piedras blancas que en verano son piedras marrones debajo de un torrente. Conozco cada piedra de este vado — las conozco con los pies, de haberlas cruzado de noche, de haberlas cruzado en crecida, de haberlas cruzado cargando a mis hijos cuando eran pequeños. El río tiene memoria. Nosotros somos parte de esa memoria.
Vi cuando el hombre del jubón brillante salió primero. Llegó hasta el sauce grande de la barranca y se quedó mirando el agua. Pensé: también él mira el río. Quizás también él lo conoce. Luego pensé: no, él lo está viendo por primera vez. Hay una diferencia entre mirar algo que uno conoce y mirar algo que uno está viendo. La cara es distinta. La cara de ese hombre era la de alguien viendo.
Llegaron los demás de a poco. El hombre de la cruz de madera que ya conocemos — lo hemos visto rezar solo, de rodillas, con los ojos cerrados, durante horas. No entendemos qué pide ni a quién. Nuestros chamanes también piden, pero con el cuerpo en movimiento, con la voz, con el humo del chañar. Este hombre pide quieto, hacia adentro, como si el dios estuviera dentro de él y no afuera.
Luego el sonido del metal.
El metal es otra de las cosas que no existían antes de ellos. No es que no supiéramos que existía — lo conocemos, lo trabajamos, tenemos hachas y puntas de lanza. Pero su metal es distinto. Más duro. Más frío. Y el sonido que hace cuando lo sacan de la vaina — ese sonido limpio, nítido, que corta el aire de la mañana — es un sonido que no tiene equivalente en todo lo que conozco. Cada vez que lo escucho me detiene.
El hombre del jubón levantó la hoja y cortó una rama del sauce. Una sola vez. Limpio. La rama cayó al suelo y él la miró un momento y luego levantó la hoja hacia el cielo y dijo algo en voz alta — algo que los demás repitieron con un grito que subió por la barranca y llegó hasta donde estábamos nosotros.
Manawel me preguntó qué estaban diciendo. Le dije que no sabía. Era verdad — no entiendo su lengua. Pero había algo en ese grito que reconocí sin entenderlo: era el grito de los hombres que creen que acaban de ganar algo.
Lo que ganaron, en todo caso, fue una rama de sauce cortada y tirada en el suelo.
Ese sauce tiene cuarenta años. Lo conozco. Mis hijos jugaron en sus raíces cuando eran pequeños. En verano da una sombra que cubre cuatro hombres echados. Los pájaros — el churrinche, el benteveo, el martín pescador — lo usan como mirador sobre el agua. Cada año, en la crecida de enero, las raíces aguantan la corriente y la barranca se mantiene firme porque el sauce la sostiene desde adentro.
Cortaron una rama. No por necesidad — no la usaron para nada. La dejaron en el suelo. Fue un gesto. Para ellos fue un gesto importante. Para el sauce fue una rama menos.
Después llegó el hombre que escribe.
Lo conozco de verlo desde lejos — siempre con el papel y la pluma, siempre anotando algo, siempre un poco más quieto que los demás, un poco más atento. Lo he visto escribir de noche a la luz del fuego. Lo he visto escribir mientras camina. No sé qué guarda en esos papeles. Debe ser mucho, porque los cuida como si fueran agua en el desierto.
Ese hombre nos miró.
Fue directo, sin disimulo. Estaba sentado en una piedra con los papeles en las manos y levantó la vista y nos vio — a mí, a Manawel, al joven Aucán que estaba detrás — y no apartó los ojos. No llamó a nadie. No hizo ningún gesto. Simplemente nos miró.
Lo miré de vuelta.
Hay una cosa que aprendí de mi padre y que él aprendió del suyo: cuando un extraño te mira sin miedo y sin agresión, miralo de vuelta de la misma manera. No es sumisión ni desafío. Es simplemente decir: también yo estoy aquí. También yo te veo.
El hombre que escribe tiene los ojos claros — del color del río en agosto, cuando baja el agua y quedan las piedras casi en seco y el cielo se refleja en los pozos. Tiene una cara cansada. No cansada de hoy — cansada de antes, de muchos días. Como alguien que lleva mucho tiempo lejos de su casa.
Pensé: él también tiene un río. Tiene un sauce, quizás. Tiene una barranca que conoce con los pies. Está aquí porque alguien que no es él decidió que estuviera aquí.
Eso no lo hace igual a mí. Pero lo hace menos distinto de lo que parecía.
Me di vuelta. Le dije a Manawel que nos íbamos. Me preguntó por qué. Le dije que ya habíamos visto lo que veníamos a ver.
¿Y qué vimos?, preguntó.
Le dije: vimos que llegaron para quedarse.
No dije más. Caminamos de vuelta entre los algarrobos sin hojas, por el sendero que conocemos de memoria, el que bordea el arroyo hasta donde están las casas-pozo en la ladera. Adentro olía a leño y a guanaco asado y a la tierra húmeda del piso. Mi mujer estaba tejiendo. Los chicos dormían todavía.
Esta noche escucho sus voces desde el campamento del norte. Hay un ruido de alegría que no entiendo — no las palabras, sino la alegría misma. Como si hubieran ganado algo. O como si creyeran que ganaron algo, que no es lo mismo.
El río suena igual que esta mañana. Las sierras están oscuras y no se ven pero están ahí — el granito tiene más años que cualquier nombre que le podamos poner. El sauce de la barranca norte sigue parado, con la rama cortada, sangrando savia en el frío.
Mañana, pienso, van a empezar a construir.
Y nosotros vamos a seguir aquí, mirando desde esta orilla, hasta que ya no podamos.
Tulián · Hênîa del río Suquía · Orilla sur · Quisquisacate · 6 de julio, año que ellos contarán como 1573
EPÍLOGO DOCUMENTAL
Lo que siguió: los hênîa resistieron la colonización durante décadas. Hacia 1620 su población había caído más del ochenta por ciento — viruela, trabajo forzado, desplazamiento. Su lengua desapareció casi completamente: quedan algunas palabras, algunos topónimos, algunos apellidos. Quisquisacate. Cóndor Huasi. Nono. Quilpo. Ambul. Los lingüistas discuten si la tonada cordobesa —esa música particular con que los cordobeses suben y bajan las frases— tiene algo de los patrones de entonación hênîa. No hay consenso. El sauce de la barranca no está. El Suquía sí.