TRANSCRIPCIÓN NARRATIVA
TESTIMONIO ATRIBUIDO
Nora · Vecina del barrio Clínicas · Córdoba Capital · Jueves 29 de mayo de 1969
Salí a comprar papa y harina. Era el 29 y en casa era costumbre hacer los ñoquis, como en todas las casas del barrio donde algún abuelo había cruzado el océano desde Italia. La bolsa de red colgada del brazo, el delantal puesto todavía, el dinero justo — la moneda que iba a quedar bajo el plato después de comer, para que el mes que venía fuera mejor. No salí a hacer historia. Salí a comprar papa y harina.
El barrio estaba raro desde temprano. Raro de una manera que en Córdoba uno aprende a leer con el cuerpo antes de entenderla con la cabeza: menos gente en la calle de lo normal para un jueves, pero la gente que había caminaba de otra manera. Rápido, con propósito, mirando hacia los costados. Los estudiantes del conventillo de la vuelta estaban todos parados en la vereda hablando en voz baja. Cuando pasé me saludaron igual que siempre pero tenían esa cara — esa cara que tienen las personas cuando saben algo que vos todavía no sabés.
Me dijeron que había paro. Que los del SMATA y Luz y Fuerza habían convocado para hoy, que las columnas venían marchando desde las fábricas del sur, que iban a juntarse en el centro. Les dije que sabía del paro — todo Córdoba sabía del paro, llevábamos días con los volantes. Lo que no sabía era cuánto.
Paré en el almacén de la señora Ítala a buscar la papa y la harina. Me preguntó si había escuchado los tiros. Le dije que no. Dijo que le parecía haber escuchado algo lejos, desde el sur, pero que capaz era el nerviosismo. Guardé las cosas en la bolsa y salí.
Afuera el olor había cambiado.
Hay olores que son noticias antes de que lleguen las palabras. El olor a goma quemada, que yo conocía de los incendios de los talleres de mi marido, llegó desde el sur con el viento de mayo. Un olor pesado, oscuro, que se metía en la nariz y no se iba. Después, más débil pero inconfundible, el gas lacrimógeno que yo nunca había olido antes pero que reconocí igual — como se reconocen ciertas cosas sin haberlas visto nunca, porque el cuerpo sabe antes que la memoria.
Entré a casa, dejé la bolsa sobre la mesada y fui hasta la ventana que da a la calle.
La calle estaba llena.
No de manifestantes — de gente del barrio. Vecinos en la vereda, algunos todavía en ropa de trabajo, otros con delantal como yo, mirando hacia la avenida Colón. Los estudiantes ya no estaban parados charlando: estaban moviéndose, rápido, arrastrando bancos y sillas y lo que encontraban para hacer barricadas en las esquinas. Un chico de no más de veinte años pasó corriendo por abajo de mi ventana y me gritó: señora, métase adentro, esto se armó.
Me metí adentro.
Duré diez minutos.
Hay una cosa que nadie cuenta del Cordobazo y que yo sé porque lo viví: que la gran mayoría de la gente que terminó en la calle ese día no fue porque alguien la llamó. Fue porque quedarse adentro se volvió imposible. No por valentía ni por convicción política — aunque eso también, después — sino porque el ruido y el humo y el movimiento y la sensación de que algo enorme estaba pasando a metros de tu puerta hacen que las paredes de tu propia casa se vuelvan de papel.
Volví a la ventana. Vi pasar la primera columna que llegó al barrio.
Eran obreros de las fábricas del sur — de Santa Isabel, de los talleres, de los metalúrgicos. Venían en grupos compactos, muchos todavía con el mameluco de trabajo, algunos con cascos, todos con esa cara que no es rabia exactamente sino algo anterior a la rabia: la cara de las personas que llegaron a un límite que no sabían que tenían hasta que lo cruzaron. Cantaban. No recuerdo bien qué — algo que decía luche, luche — pero lo que me quedó grabado no fue la letra sino el volumen. El volumen de miles de personas cantando en la misma calle donde yo compraba el pan todas las mañanas.
Fue en ese momento que escuché el nombre de Máximo Mena por primera vez.
Llegó de boca en boca, como llegan las noticias cuando no hay radio ni teléfono que alcance: alguien le dijo a alguien, que le dijo a otro, que le gritó desde la vereda a alguien que pasaba. Máximo Mena, mecánico, SMATA. La policía lo había matado de un disparo cuando la columna que venía desde Santa Isabel chocó con la represión en el camino. Tenía hijos. Eso también llegó con la noticia, como si fuera parte del nombre: que tenía hijos. Pensé en los ñoquis sin cocinar sobre la mesada. En la moneda que todavía tenía en el bolsillo del delantal.
Abrí la puerta y salí.
No sé explicar bien por qué. No era militante. No era dirigente. Era una mujer de treinta y cuatro años con delantal y bolsa de red que había salido a buscar papa y harina. Pero hay noticias que no te dejan adentro de tu casa. Hay noticias que hacen que quedarse adentro sea una forma de decir que está bien, y que está bien era exactamente lo que yo no podía decir.
El barrio Clínicas ya era otro cuando bajé a la calle. Los estudiantes habían levantado barricadas en todas las esquinas — sillas, tablones, un escritorio que alguien había sacado de quién sabe dónde, el banco de madera de la plaza de la vuelta, bolsas de arena improvisadas con tierra del cantero. En las terrazas de los edificios había gente con bolsas de piedras. Alguien había pegado un cartel en el portón del conventillo de enfrente que decía algo que no llegué a leer completo porque pasé corriendo.
Ayudé a cargar piedras. Eso fue lo primero que hice. Una chica joven — estudiante, mochila, anteojos — me pasó las piedras y yo las subí al primer piso por la escalera del edificio de la esquina, donde una señora mayor que no conocía me recibió en la puerta del departamento y las fue apilando junto a la ventana sin decir una palabra, con la cara seria, con esa eficiencia de las personas que no necesitan que les expliquen para qué sirve lo que están haciendo.
A las dos de la tarde la policía había retrocedido del barrio.
Eso también hay que decirlo porque casi nunca se dice: que hubo un momento ese día en que la policía se fue. En que las calles quedaron de la gente. No de los manifestantes — de la gente. Los vecinos salieron, los que habían estado mirando desde las ventanas bajaron, los que habían estado adentro abrieron las puertas. En la esquina de mi calle alguien sacó una silla y se sentó en el medio de la calzada, en el asfalto, como si la calle fuera un living. Un hombre viejo con bastón que nunca había visto llegó caminando despacio, se paró en el medio de la barricada y estuvo mirando un rato largo en silencio, con una expresión que no era alegría exactamente sino algo más tranquilo: la expresión de alguien que ve confirmada una cosa en la que siempre creyó pero que nunca esperó ver.
Eso duró pocas horas.
Al atardecer empezamos a escuchar los camiones del Ejército. Vinieron del norte, de las avenidas grandes, con un ruido que no es el ruido de la policía — más pesado, más lento, con una cadencia que el cuerpo identifica antes de que el oído entienda qué es. Los estudiantes empezaron a moverse otra vez, más rápido, con menos plan que antes. El barrio se fue vaciando hacia adentro, hacia los conventillos y los pasillos, hacia los fondos de los edificios.
Yo me quedé en la vereda más tiempo del que debía.
Miraba la calle. La barricada todavía estaba en la esquina — el escritorio, los tablones, el banco de la plaza. Encima de todo había una bandera que alguien había puesto durante la tarde, no sé quién, que el viento de la noche movía despacio. La calle olía a humo y a asfalto y a algo más que no tenía nombre — el olor de las ciudades cuando acaban de vivir algo que no van a olvidar.
Un general que estuvo esa noche en Córdoba dijo después que se sentía como el jefe de un ejército inglés durante las invasiones. Que la gente tiraba de todo desde los balcones y azoteas. Lo dijo como si fuera una sorpresa. Para mí no fue ninguna sorpresa. Para ningún cordobés que vivió ese día fue una sorpresa.
Eso es lo que hacemos cuando llegamos al límite. No es valentía particular ni locura ni adoctrinamiento. Es una cosa más simple y más difícil de explicar: que hay un momento en que el cuerpo decide que afuera es más seguro que adentro. No porque afuera no haya peligro. Sino porque adentro, quieto, ya no sos vos.
Entré cuando empezaron los disparos del Ejército. Subí las escaleras, me senté en la cocina, me di cuenta de que todavía tenía el delantal puesto. La papa y la harina estaban sobre la mesada donde las había dejado a la mañana. Los ñoquis del 29 que nunca hice. La moneda seguía en el bolsillo. La guardé. No sé bien por qué. Quizás porque ese mes el augurio no era de abundancia sino de otra cosa, algo que todavía no tenía nombre pero que se parecía más a la dignidad que a la suerte.
Afuera la ciudad todavía sonaba.
Nora · Vecina · Barrio Clínicas · Córdoba Capital · Noche del 29 de mayo de 1969
EPÍLOGO DOCUMENTAL
Lo que siguió: el Ejército recuperó el control de la ciudad en la madrugada del 30. Agustín Tosco, Elpidio Torres y Atilio López fueron detenidos y trasladados al penal de Rawson. Las cifras oficiales hablaron de 34 muertos y más de 2.000 detenidos. Un año después, el 8 de junio de 1970, el dictador Juan Carlos Onganía fue reemplazado — el Cordobazo había herido de muerte a su gobierno. El general Eleodoro Sánchez Lahoz, que comandó la represión esa noche, declaró años después: 'Me pareció ser el jefe de un ejército británico durante las invasiones inglesas. La gente tiraba de todo desde sus balcones y azoteas.' Máximo Mena era delegado del SMATA en la planta de IKA-Renault. Tenía 27 años. La calle donde murió hoy lleva otro nombre. El barrio Clínicas sigue siendo el barrio Clínicas.