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1966

PRÓLOGO DE LOS FESTIVALES

El Palenque

Crónica imaginada de Celestino Romanutti, estanciero de Sinsacate, en la noche del 8 de enero de 1966, cuando prestó sus baguales para la primera edición del Festival Nacional de Doma y Folklore de Jesús María.

8 DE ENERO DE 1966 · NOCHETERRENO BALDÍO DE LA CALLE CLETO PEÑA · JESÚS MARÍA · CÓRDOBA

NOTA DE LECTURA

La primera edición del Festival Nacional de Doma y Folklore de Jesús María se realizó del 8 al 16 de enero de 1966 en un terreno baldío de la calle Cleto Peña. La pista de jineteada se cerró con alambres sujetos a postes prestados por la Cooperativa de Servicios Públicos. Los corrales se armaron junto a unos viejos perales. Las tropillas fueron cedidas espontáneamente por sus dueños. El primer campeón de crina limpia fue Abel Garbuglia. Asistieron 45.000 personas. Los hechos son verificables. La voz es imaginada.

TRANSCRIPCIÓN NARRATIVA

TESTIMONIO ATRIBUIDO

Celestino Romanutti · Estanciero · Sinsacate · Córdoba · 8 de enero de 1966

Celestino Romanutti había traído los caballos en el acoplado del camión de su cuñado porque el tráiler propio estaba en el taller desde noviembre.

Eran seis baguales de la estancia de los Romanutti en la zona de Sinsacate — animales criados en campo abierto, sin doma, sin rienda, sin haber sentido el peso de nadie en el lomo. Los había seleccionado él mismo esa mañana, caminando despacio entre la tropilla, mirándoles las patas, los ojos, la manera en que reaccionaban cuando uno se les acercaba. Un bagual que conoce el miedo hace daño. Un bagual que todavía no conoce nada es otra cosa: es una pregunta sin respuesta todavía.

Los del festival los habían llamado en diciembre — un hombre de la cooperadora de la Escuela Morandini que Celestino conocía de vista de los asados de la Sociedad Rural. Le explicó que iban a hacer un festival de doma, que necesitaban caballos para los jinetes, que si podía ayudar. Celestino le preguntó quién pagaba el flete. El hombre le dijo que nadie, que era todo a pulmón, que la plata que entrara iba a los chicos de las escuelas. Celestino pensó un momento y dijo que sí. No porque fuera generoso de naturaleza — era un hombre parco, de pocas palabras y menos regalos — sino porque le pareció que esa era la respuesta correcta a esa pregunta específica.

El terreno de la calle Cleto Peña era exactamente lo que era: un baldío. Los palenques los habían armado con postes prestados. La pista estaba cerrada con alambre de la Cooperativa de Servicios Públicos. El escenario era una tarima de tablones que alguien había clavado con más voluntad que ciencia. Junto a los corrales había unos perales viejos que Celestino notó cuando descargó los animales — perales en enero, en esa tierra, cargados todavía de fruta que nadie había cosechado.

Eran las nueve de la noche cuando largaron el primer bagual.

La pista se iluminaba con los reflectores que habían conseguido de algún lado — no eran buenos, proyectaban sombras largas sobre el polvo levantado — y el animal salió al ruedo de la manera en que salen los baguales cuando no saben todavía lo que les espera: con esa mezcla de furia y curiosidad que tienen las cosas sin domar, mirando todo al mismo tiempo, las orejas en todos los ángulos.

El primer jinete duró cuatro segundos.

El segundo, menos.

Celestino miraba desde el costado de los corrales con los brazos cruzados. Reconocía a sus animales por los movimientos — ese era el Oscuro, el más chico de la tropilla, el que siempre pateaba primero y preguntaba después. Bien. Era lo que tenía que ser. Un jinete que domara fácil a un bagual manso no era doma — era teatro. La gente que había venido — y Celestino no podía creer la cantidad de gente que había venido, 45.000 personas en Jesús María era más gente de la que él había visto junta en toda su vida — esa gente había venido a ver algo real.

El tercer jinete que montó al Oscuro se llamaba Abel Garbuglia. Celestino no lo conocía. Era un hombre joven, de aspecto tranquilo, que antes de subir se quedó mirando al animal un momento largo, con las manos quietas a los costados, sin gesticular, sin hablar con nadie. Esa quietud Celestino la reconoció: era la misma que él usaba cuando se acercaba a un animal que todavía no lo conocía. La quietud que dice no soy una amenaza todavía, que dice tengo tiempo, que dice vamos a ver quién sos vos antes de que me veas vos a mí.

Garbuglia montó.

El Oscuro hizo lo que siempre hacía: saltó tres veces seguidas, corcoveó hacia la derecha, intentó rodar. El jinete se acomodó en cada movimiento con una economía de gesto que Celestino no había visto antes fuera de los más viejos de los domadores del norte. No peleaba contra el animal: iba con él, anticipaba, absorbía. Como si hubiera montado ese caballo específico cien veces antes, en vez de nunca.

Cuando sonó el tiempo y Garbuglia bajó entero, la gente gritó de una manera que Celestino tampoco había escuchado antes. No era el grito de un partido de fútbol — era más parecido al grito de las personas cuando ven algo que no esperaban ver. Un sonido que mezcla el susto con el alivio y termina en algo que no tiene nombre exacto pero que todo el mundo reconoce.

Celestino aplaudió. No era hombre de aplaudir fácil.

Después del último jinete fue a buscar sus animales para cargarlos de vuelta. Los baguales estaban calmos — la doma los cansa de una manera distinta a la del trabajo, más profunda, más interior. El Oscuro tomó agua y lo miró mientras tomaba. Celestino puso la mano en el cuello del animal, que no se movió.

Caminó hasta el camión. Desde ahí podía ver el escenario todavía encendido y escuchar la voz del cantor que había salido después de la doma — una voz de hombre que cantaba algo lento, con guitarra, que hablaba de campo y de tiempo. Celestino no recordaba el nombre del cantor. Recordaba la voz.

Jesús María era la misma ciudad de siempre pero algo esa noche había cambiado y él no sabía todavía cómo describirlo. No era la gente — la gente era la misma gente, los mismos vecinos, los mismos tipos de la Sociedad Rural y los del club y los que uno se cruzaba en la feria los viernes. Era otra cosa. Era la cara que tenían esa noche, la manera en que miraban el ruedo y el escenario como si estuvieran viendo algo que les pertenecía sin que nadie se los hubiera dicho antes.

Subió al camión.

Antes de arrancar pensó que al año que viene iba a traer doce caballos.

Celestino Romanutti · Estanciero · Sinsacate · Córdoba · 8 de enero de 1966

EPÍLOGO DOCUMENTAL

Lo que siguió: el Festival Nacional de Doma y Folklore de Jesús María se realizó ininterrumpidamente desde 1966. La segunda edición sumó más cooperadoras y se constituyó la Unión de Cooperadoras Escolares. La tercera incorporó el folklore como eje central junto a la doma. El escenario precario de tablones fue reemplazado primero por uno de material y después por el Anfiteatro José Hernández. En 2017, el festival recibió la distinción Marca País Argentina. En 2025 se rompió el récord histórico de asistencia: 211.000 entradas vendidas en doce jornadas. Hoy el festival beneficia a 22 escuelas y unos 10.000 alumnos de Jesús María, Colonia Caroya, Vicente Agüero y Sinsacate. Los perales de la calle Cleto Peña ya no están. El terreno baldío tampoco. En su lugar está el Anfiteatro más importante de doma de América Latina.

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De un terreno baldío
al festival más grande de América.

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