TRANSCRIPCIÓN NARRATIVA
TESTIMONIO ATRIBUIDO
Aurelio Pereyra · Empleado municipal · Cosquín · Valle de Punilla · Córdoba · 21 de enero de 1961
Aurelio Pereyra había clavado tablas toda la tarde.
No era carpintero — era empleado del municipio, encargado del mantenimiento de los espacios verdes, y su oficio era podar los plátanos de la plaza y mantener el riego de los canteros en verano. Pero cuando el doctor Güinder y los otros de la comisión vinieron a pedirle ayuda para armar el escenario, Aurelio no dijo que no. Hacía veinte años que vivía en Cosquín y entendía perfectamente por qué hacía falta el festival — el pueblo seguía cargando el estigma de los sanatorios, los turistas del Valle de Punilla seguían pasando de largo hacia La Falda o Capilla del Monte, y eso se notaba en el comercio, en los almacenes, en la cara de la gente los domingos.
El escenario era una plataforma de ladrillos y tablas sobre la Avenida San Martín, justo donde la ruta pasaba por el medio del pueblo. Para armarla habían cortado el tránsito. Eso a Aurelio le parecía un gesto extraordinario — cortar la ruta nacional para poner un escenario encima. Como si el pueblo hubiera decidido que el país tenía que detenerse y escuchar. Durante la tarde, los colectivos de larga distancia tenían que doblar una cuadra antes y algunos choferes pasaban protestando desde la ventanilla. Aurelio los dejaba pasar.
Terminaron de clavar las últimas tablas cerca de las cinco de la tarde, con el sol todavía pegando sobre las sierras. Aurelio se limpió las manos en el pantalón, miró la construcción y pensó que era más chica de lo que había imaginado cuando le explicaron el plan. Pero también pensó que estaba bien hecha. Que iba a aguantar.
Los artistas empezaron a llegar al atardecer.
Aurelio los vio bajar de los autos con sus instrumentos — guitarras en estuche, un bombo legüero envuelto en una frazada vieja para el viaje. No conocía los nombres de la mayoría. Alguien a su lado le fue diciendo: ese es Jaime Dávalos, el poeta tucumano. Ese conjunto de las camisas blancas son Los Chalchaleros. Ese del sombrero es Eduardo Falú. Aurelio miraba y asentía. Eran nombres que había escuchado en la radio pero que en vivo tenían una dimensión distinta — más chicos de lo que uno imagina, más comunes, más cansados del viaje.
Se quedó merodeando por ahí. No tenía por qué quedarse — su trabajo estaba hecho, las tablas estaban clavadas, la ruta estaba cortada, el escenario estaba en pie. Pero había algo en el ambiente que hacía difícil irse. El pueblo entero parecía haber salido a la calle de a poco, sin que nadie lo convocara explícitamente, como cuando hay un eclipse o una tormenta y la gente sale a mirar sola.
Las sillas eran de madera, de las que se doblan. Las habían traído del club, de la municipalidad, de las casas de los vecinos que habían prestado las suyas. Cada uno llegaba con su silla bajo el brazo. La gente fue llenando las filas antes de que oscureciera, con esa mezcla de orden e impaciencia de los que llegan temprano porque no quieren perder el lugar pero tampoco saben del todo qué es lo que van a ver.
Los micrófonos estaban puestos en bases improvisadas — Aurelio lo sabía porque él mismo había ayudado a instalarlos: tres caños soldados a una rueda de automóvil vieja, bien pesada, para que no se cayeran con el viento de las sierras. No era elegante. Funcionaba.
Cuando cayó la noche el Valle de Punilla se fue enfriando de la manera particular que tienen las sierras en enero — el calor del día retrocede rápido en cuanto se va el sol y aparece ese aire limpio de altura que huele a pino y a río. Aurelio tenía puesta la misma camisa de trabajo que había usado todo el día, con los bolsillos con aserrín todavía, y el fresco de la noche le llegó en el momento en que el locutor se acercó a los micrófonos.
Se llamaba Ricardo Smider. Aurelio no lo conocía de antes. Era un hombre de ciudad, de voz entrenada, con esa dicción de la radio que suena siempre un poco más formal que el habla cotidiana. Lo vio acomodarse frente al micrófono central, esperar el silencio — y el silencio llegó, uno de esos silencios que hace la gente cuando siente que algo va a comenzar de verdad — y entonces escuchó:
— ¡Aquí Cosquín, capital del Folklore!
Aurelio no aplaudió en ese momento. Lo hizo un segundo después, cuando vio que todos los que estaban a su alrededor empezaban a aplaudir y él entendió que era el momento. Pero ese segundo de retraso fue porque algo se le había movido en el pecho de una manera que no esperaba.
No era la frase en sí. Era el aquí.
Aquí Cosquín. No en Cosquín, no desde Cosquín. Aquí. Como si el lugar donde él vivía, el lugar que la gente evitaba por el miedo al contagio de los tuberculosos, el lugar que los turistas cruzaban sin detenerse — como si ese lugar fuera de golpe el centro de algo. No un lugar de paso. El destino.
Aurelio Pereyra aplaudió con las manos que todavía tenían aserrín en los pliegues de los nudillos, parado en el costado del escenario que él mismo había ayudado a clavar esa tarde, y escuchó las primeras notas de la primera noche.
Eduardo Falú tocó la guitarra de una manera que hacía que el instrumento sonara más grande de lo que era. Jaime Dávalos recitó con esa voz que tenía, lenta y honda como un río de montaña. Los Chalchaleros cantaron en cuatro voces perfectas que el micrófono de rueda de auto transmitía con una fidelidad sorprendente para el equipo que era.
El público era de Cosquín casi todo — vecinos, comerciantes, la señora del almacén, el médico del hospital, los chicos que se habían colado entre las sillas y se sentaban en el suelo. Aurelio reconocía las caras. Esa era la diferencia con cualquier otra cosa que él hubiera visto: que las caras del público eran las caras de todos los días, las que uno ve en la panadería y en la farmacia y en la vereda del banco los días de cobro. Pero esa noche esas caras tenían una expresión que Aurelio no les había visto antes. Algo entre la atención y el orgullo. La expresión de las personas que están viendo confirmada una idea que tenían pero que no sabían si se la podían creer.
Que esto también era de ellos.
Que la música del país también podía venir desde aquí.
Aurelio se quedó hasta el final de la primera luna. No fue al escenario — no tenía entrada, técnicamente hablando, aunque hubiera ayudado a construirlo — pero nadie lo corrió del costado donde se había parado, y él tampoco se movió.
Cuando la noche terminó y la gente empezó a dispersarse llevando las sillas de madera de vuelta a sus casas, Aurelio fue hasta el escenario, apoyó la mano en uno de los tablones que había clavado esa tarde, y lo dejó un momento así — la palma abierta sobre la madera todavía tibia del verano serrano — como se toca algo que uno sabe que no va a poder explicar bien después.
Después recogió sus herramientas y caminó a su casa.
Aurelio Pereyra · Empleado municipal · Cosquín · Valle de Punilla · Córdoba · 21 de enero de 1961
EPÍLOGO DOCUMENTAL
Lo que siguió: el Festival de Cosquín se realizó ininterrumpidamente desde 1961. En 1962, durante la segunda edición, un cantor jujeño llamado Jorge Cafrune entró fuera de cartel, cantó 'Zamba de mi esperanza' y 'Orejano', y fue la primera Revelación elegida por el público. En 1963, por decreto del presidente José María Guido, se instituyó la última semana de enero como Semana Nacional del Folklore, con sede permanente en Cosquín. El escenario se mudó a la Plaza Próspero Molina. En 1965, Cafrune presentó en el escenario a una cantante tucumana desconocida: Mercedes Sosa. En 1972, el escenario recibió el nombre de Atahualpa Yupanqui. Los integrantes de la comisión organizadora fueron detenidos brevemente por proponer ese nombre — Yupanqui era considerado peligroso por el gobierno de turno. En 1978, Cafrune cantó canciones prohibidas en el festival. Una semana después murió en un accidente de tránsito que muchos no creyeron accidental. El grito '¡Aquí Cosquín, capital del Folklore!' que Ricardo Smider pronunció aquella primera noche con micrófonos sostenidos por ruedas de automóvil se repite cada enero desde hace más de sesenta años. El primer escenario fue desarmado al finalizar la primera edición. No queda ningún rastro de él.