REPUBLIC OF CÓRDOBA

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Republic of Córdoba

1918

PRÓLOGO DE LA REBELDÍA

La Gaceta

Crónica imaginada de Ramón Peralta, tipógrafo de la imprenta de la Gaceta Universitaria, en la noche en que compuso letra por letra el Manifiesto Liminar de la Reforma Universitaria.

NOCHE DEL 20 AL 21 DE JUNIO DE 1918IMPRENTA DE LA GACETA UNIVERSITARIA · CÓRDOBA

NOTA DE LECTURA

El Manifiesto Liminar de la Reforma Universitaria fue redactado en borrador por Deodoro Roca, pasado en limpio en su máquina de escribir Continental con tinta violeta en su estudio de la calle Rivera Indarte 544 de Córdoba, y publicado por primera vez en la Gaceta Universitaria el 21 de junio de 1918. Alguien lo compuso tipográficamente esa noche. Los hechos son reales. La voz es imaginada.

TRANSCRIPCIÓN NARRATIVA

TESTIMONIO ATRIBUIDO

Ramón Peralta · Tipógrafo · Imprenta de la Gaceta Universitaria · Córdoba · Noche del 20 al 21 de junio de 1918

Ramón Peralta llevaba doce años componiendo tipos en la imprenta y sabía leer al revés sin pensar. Era una habilidad que impresionaba a los forasteros y que a él le parecía tan natural como respirar — cuando uno pasa suficiente tiempo entre tipos de plomo, el espejo deja de ser un obstáculo y se convierte en el idioma natural de las cosas.

Esa noche del 20 de junio había llegado tarde a la imprenta. El chico que le traía los originales — un estudiante de Derecho con los ojos brillantes de quien no ha dormido en dos días — se había presentado pasadas las diez con un fajo de hojas escritas a máquina con tinta violeta, como si alguien hubiera decidido que un documento de esa importancia merecía un color distinto al negro habitual de los trámites.

Ramón no era universitario. Era hijo de un herrero de barrio Alberdi y había aprendido el oficio con su tío, que tenía una pequeña imprenta en la calle Vélez Sársfield donde se hacían tarjetas de casamiento y avisos comerciales. La Gaceta Universitaria era otra cosa — palabras largas, argumentos que él a veces seguía y a veces no, nombres que reconocía de los diarios pero que en este papel aparecían en un orden distinto, acusados de cosas que los diarios nunca decían.

Empezó a componer.

La primera línea era larga y venía en mayúsculas: LA JUVENTUD ARGENTINA DE CÓRDOBA A LOS HOMBRES LIBRES DE SUDAMÉRICA. Ramón buscó las letras una por una, las fue encajando en el componedor con el ritmo mecánico de quien ha hecho ese movimiento miles de veces. La A grande. La L. La J. Cada tipo de plomo pesaba lo que pesaba y olía al metal caliente de la linotipia y a la tinta densa que lo cubría todo.

Siguió.

Hombres de una República libre, acabamos de romper la última cadena que, en pleno siglo XX, nos ataba a la antigua dominación monárquica y monástica.

Ramón compuso esa frase sin detenerse. Pero cuando llegó al punto y fue a buscar la siguiente línea, se quedó un momento con el componedor en la mano. Leyó lo que había compuesto. Lo leyó de izquierda a derecha porque estaba en el componedor y ahí el texto aparece al revés — pero él lo leía en espejo automáticamente, sin esfuerzo, como siempre.

La última cadena que nos ataba a la dominación monástica.

Pensó en el cura que les daba religión en la escuela. En las notas que venían del Arzobispado. En el rector que habían elegido ese día y que nadie había querido — él lo sabía porque el chico de los ojos brillantes se lo había contado antes de irse, y porque en los últimos meses la imprenta había llenado de volantes, convocatorias, protestas.

Siguió componiendo.

La noche avanzó de la manera en que avanzan las noches cuando uno trabaja con las manos — en fragmentos cortos medidos por el tiempo que lleva buscar una letra, encajarla, avanzar al siguiente tipo. Ramón no pensaba en el significado de lo que componía de manera continua. Pensaba en la J, en la U, en la N, en el espaciado entre palabras, en que el tipo de la t minúscula estaba un poco gastado y en algunos lugares la impresión iba a quedar liviana.

Pero algunas frases se le pegaban.

Las universidades han sido hasta aquí el refugio secular de los mediocres, la renta de los ignorantes, la hospitalización segura de los inválidos.

Pensó en su hijo mayor, que quería estudiar medicina. Pensó en lo que costaba. Pensó en los conocidos que él tenía que necesitaban el apellido adecuado para que les abrieran ciertas puertas en la universidad de la calle Trejo.

La juventud ya no pide. Exige.

Eso lo compuso despacio, sin querer, dándole a cada tipo más tiempo del necesario en la palma de la mano antes de encajarlo en el componedor.

Terminó pasada la una de la mañana. Hizo la prueba de galera, la revisó bajo la lámpara de aceite que usaba para esos trabajos nocturnos, encontró dos erratas — una n por una u en la palabra "insurrección", un punto que había saltado de lugar — las corrigió, hizo otra prueba.

Estaba listo para imprimir.

Se lavó las manos con el trapo negro que siempre tenía colgado del delantal. Las manos de tipógrafo nunca quedan del todo limpias — hay plomo en los pliegues de los nudillos, tinta en las cutículas, un residuo gris permanente que ningún jabón termina de sacar. Ramón lo sabía desde los dieciséis años y ya no le molestaba.

Antes de apagar la lámpara miró la galera una vez más. No por necesidad — la prueba estaba bien, no había más erratas. Lo miró de la manera en que uno mira algo que sabe que no va a volver a ver en ese estado: el texto puro, antes de que la tinta y el papel lo vuelvan cosa pública.

Estamos pisando sobre una revolución, estamos viviendo una hora americana.

Apagó la lámpara. Recogió los originales con tinta violeta — había que devolverlos — y los dobló con cuidado, sin arrugarlos, como si supiera que alguien en algún momento iba a querer preservarlos.

Salió a la calle.

Córdoba a esa hora tenía ese silencio particular que tienen las ciudades de interior cuando la noche avanza y los perros ya terminaron de ladrar. Ramón caminó hacia Alberdi con las manos grises de plomo y tinta, y pensó en su hijo que quería estudiar medicina.

Ramón Peralta · Tipógrafo · Imprenta de la Gaceta Universitaria · Barrio Alberdi · Córdoba · 21 de junio de 1918

EPÍLOGO DOCUMENTAL

El Manifiesto Liminar fue publicado el 21 de junio de 1918 en la Gaceta Universitaria, periódico estudiantil dirigido por Emilio Rodolfo Biagosch. Se distribuyó en toda la ciudad ese mismo día. En los meses siguientes circuló por toda América Latina. En 1919 ya había influido en movimientos estudiantiles de Perú, Chile, Uruguay y Cuba. En 1920, José Carlos Mariátegui lo comentaba en Lima. En 1968, cuando los estudiantes de París tomaron la Sorbona, algunos llevaban copias del Manifiesto de Córdoba. La máquina de escribir Continental con tinta violeta con la que Deodoro Roca redactó el borrador se conserva hoy en el Museo Deodoro Roca en Ongamira, Córdoba. Los originales tipográficos de esa noche no se conservaron. Alguien los distribuyó con el tipo de descuido con que se tratan las cosas que todavía no saben que son históricas.

CONTINUAR LA LECTURA

La Reforma nació en Córdoba.
El mundo tardó cincuenta años en alcanzarla.

El Ministerio de Historia documenta la Reforma Universitaria de 1918, el Cordobazo y el hilo que los une. Deodoro Roca está en el Organigrama de la República — uno de los pocos que realmente merecen estar.