TRANSCRIPCIÓN NARRATIVA
TESTIMONIO ATRIBUIDO
Elías Herrera · Mecánico de línea · Sección carrocería · Planta IKA-Renault · Barrio Santa Isabel · Córdoba · 23 de agosto de 1969, madrugada
Elías Herrera tenía las manos limpias esa noche, que ya era raro. Mecánico de línea en la sección de carrocería desde el 64, Elías conocía el olor del aceite de corte como otros conocen el olor del pan. Pero esa noche del viernes había llegado al vestuario antes que el turno terminara, se había lavado las manos dos veces, y estaba sentado en el banco de madera con la radio portátil apoyada contra la taquilla de Romero, que le había pedido que se la cuidara.
La radio era de Romero. El Torino era de todos.
Eso era lo que Elías no terminaba de entender, y sin embargo lo sentía con una claridad que no era de la cabeza sino de otro lado, del mismo sitio donde se siente el frío o el hambre. Él no había armado ese auto. Bueno, sí lo había armado, en el sentido de que sus manos habían pasado por cientos de carrocerías en cinco años, y algunas de esas soldaduras eran suyas, y algo del temple del metal cordobés lo había aprendido él en este mismo vestuario, con los más viejos. Pero ese Torino específico, el número tres, el blanco con la franja azul que en ese momento estaba girando en algún lugar de Alemania que Elías no podía ubicar en el mapa — ese no lo había tocado.
Y aun así.
La voz del relator llegaba entrecortada, con ese sonido de ola que tenían las transmisiones de onda corta cuando la noche era despejada. Elías había aprendido a leer esas interferencias como los viejos leen el cielo antes de la lluvia: si la señal se ponía limpia, era buena señal. Si empezaba a temblar, era que el viento en la Eifel había cambiado, y el viento en la Eifel era un personaje de esa carrera que el relator mencionaba cada tanto con un respeto que Elías no le había escuchado para nada que no fuera Fangio.
Fangio. Ahí estaba otra vez ese nombre. El Chueco estaba allá, en Alemania, dirigiendo la misión. Eso Elías lo sabía desde hacía semanas, desde que los muchachos del turno mañana empezaron a traer recortes de Corsa y del Gráfico y a pegarlos en la pared del vestuario, junto a los avisos del SMATA y la lista de turnos. En uno de los recortes salía Oreste Berta, el Mago, mirando el motor con esa concentración suya que Elías había visto en persona una sola vez, cuando Berta vino a la planta y caminó entre las líneas con las manos en los bolsillos como si estuviera contando algo que los demás no podían ver.
Elías tenía treinta y dos años. Había llegado de Deán Funes en el 59, con diecisiete, cuando la fábrica todavía era americana de verdad y los capataces hablaban un castellano raro que nadie entendía bien. Se había quedado porque el trabajo era trabajo y Córdoba era Córdoba, y porque en Santa Isabel había algo que en Deán Funes no había: la sensación de que lo que hacías con las manos importaba. Que el metal que vos doblabas iba a salir rodando por una ruta, iba a llevar a alguien a algún lado, iba a hacer algo concreto en el mundo.
Tres meses antes, en mayo, ese mismo barrio había salido a la calle. Elías no iba a hablar de eso con nadie del turno — no porque tuviera miedo, sino porque había cosas que uno cargaba solo y ese era su modo. Lo que sí pensaba, mientras la voz del relator describía el amanecer sobre el Nordschleife y la niebla que no dejaba ver el asfalto, era que el mismo mes en que Córdoba se había parado, el mismo mes en que las columnas del SMATA habían salido de esa misma planta con el puño en alto, en ese mismo mes los mecánicos de Berta habían cargado tres Torinos en un barco y los habían mandado a competir contra los alemanes, los italianos, los ingleses y todos los que en Europa fabricaban autos desde antes de que hubiera Argentina.
Eso no lo había puesto ningún recorte. Lo había pensado solo, sentado en este mismo vestuario, en un turno de noche de julio, y desde entonces no se lo había podido sacar.
La voz del relator subió de tono. El Torino tres seguía en carrera. Llevaba más de setenta horas girando en ese circuito de veintiocho kilómetros y ciento setenta y seis curvas — Elías había contado las curvas varias veces porque no le creía al número — y seguía en carrera. El Torino uno había abandonado. El dos se había ido a una zanja en la lluvia. Pero el tres seguía.
Elías miró sus manos limpias.
Pensó en el chasis. En la soldadura de punto que unía el larguero con el travesaño inferior, esa unión que él había aprendido a hacer bien en el 66, cuando el Torino era nuevo y los ingenieros caminaban por la línea con cara de no dormir. Pensó en que ese auto que estaba rodando en Alemania tenía esa misma soldadura, hecha por alguien como él, con las mismas manos, en la misma planta, mirando por la misma ventana hacia el mismo cielo del sur de Córdoba.
No era lo mismo que estar allá. Lo sabía.
Pero tampoco era lo mismo que no haber estado.
El relator dijo que los alemanes de las otras marcas miraban pasar el Torino con cara de no entender. Que a las seis horas les había parecido gracioso que un auto desconocido y argentino estuviera al tope. A las doce les alcanzó a asombrar. A las veinticuatro ya no entendían nada. Elías escuchó eso y algo en el pecho se le acomodó de una manera que no sabía nombrar bien. No era orgullo exactamente. Era más parecido a la confirmación de algo que siempre había sospechado pero que necesitaba que alguien dijera en voz alta desde afuera.
Que lo que hacían acá valía.
Que el metal de Santa Isabel era metal de verdad.
Que una fábrica al sur de Córdoba, en un barrio sin pavimento en algunas calles, podía hacer algo que los que tenían pavimento y historia y dinero y todo lo demás no pudieron hacer mejor.
Entró Montes al vestuario con el mameluco sucio y una sonrisa. Montes era del turno tarde, siempre se quedaba más de lo que le tocaba. Se sentó al lado de Elías sin decir nada, escuchó la radio un momento y después dijo: quedan dos horas. Elías asintió. Quedan dos horas, repitió, como para él solo.
Entraron otros. Alguien trajo mate. La radio llenó el vestuario de ese sonido de ola, de la voz del relator que ahora ya no hablaba de técnica ni de mecánica sino de algo que se le parecía mucho al orgullo, aunque los relatores deportivos de esa época no usaban esa palabra tan seguido.
Afuera era de noche todavía. La planta hacía sus ruidos de siempre — el compresor, el ventilador de la nave, el colectivo de las cuatro y media que pasaba por la Ruta 5 con un solo pasajero. Santa Isabel dormía como dormían los barrios obreros: con un ojo abierto.
Elías Herrera · Mecánico de línea · Sección carrocería · Planta IKA-Renault · Santa Isabel · Córdoba · 23 de agosto de 1969
EPÍLOGO DOCUMENTAL
Lo que pasó: el Torino número tres cruzó la línea de llegada en cuarta posición, detrás de un Lancia Fulvia, un BMW 2002 y un Triumph TR6. Era el resultado oficial. El resultado real era otro: el Torino había dado 334 vueltas al circuito de 28,2 kilómetros — doce más que el ganador. Las penalizaciones por tiempos de box redujeron su cuenta a 315 vueltas oficiales. Al terminar la carrera, los ingenieros de Mercedes-Benz se acercaron a Oreste Berta para preguntarle por los frenos. No podían creer el rendimiento. Berta tenía veintinueve años. Los pilotos, los mecánicos y Fangio fueron paseados en andas. El Chueco lloró. La carrera se había largado el miércoles 20 de agosto de 1969 a la una de la mañana. La misma planta de Santa Isabel, tres meses antes, había visto salir la columna del SMATA hacia el Cordobazo. El mismo año, el mismo barrio, la misma gente. El Torino número tres está hoy en el Museo Juan Manuel Fangio de Balcarce. Los otros dos fueron restaurados por coleccionistas. La planta de Santa Isabel sigue fabricando autos, setenta años después, sobre el mismo suelo del sur de Córdoba.