TRANSCRIPCIÓN NARRATIVA
TESTIMONIO ATRIBUIDO
Miguel Ávalos · Conscripto · Regimiento de Granaderos a Caballo · Cruz del Eje, Córdoba · Casa de Gobierno, Buenos Aires · Noche del 27 al 28 de junio de 1966
Miguel Ávalos había llegado a Buenos Aires en marzo, cuando lo midieron en el reclutamiento y el cabo anotó el número en un papel sin decir nada. Un metro ochenta y dos. No era el más alto de Cruz del Eje pero casi. Dos semanas después llegó la carta con la asignación: Regimiento de Granaderos a Caballo, Palermo, Buenos Aires. Su madre dobló la carta con cuidado y la guardó en el cajón donde guardaba las cosas importantes. Su abuelo dijo que era un honor.
El abuelo le había explicado quiénes eran los granaderos cuando Miguel era chico, sentados en el patio de la casa de Cruz del Eje una tarde de verano, con el mismo tono con que otros abuelos hablan de Dios. Miguel tenía dieciocho años y no estaba muy seguro de qué era un honor en 1966, pero el regimiento de Granaderos era el regimiento de Granaderos y eso sí lo entendía.
Esa noche del 27 de junio estaba de guardia en el Patio de las Palmeras.
No era la primera vez que hacía guardia en ese patio. Ya conocía sus baldosas, el ruido del agua en la fuente cuando el viento venía del río, la manera en que la luz de los faroles recortaba las palmeras contra el cielo de Buenos Aires que nunca era del todo oscuro. Lo que no conocía era esa quietud. Una quietud distinta a la de otras noches — tensa, como cuando en Cruz del Eje el cielo se pone verde antes de la tormenta y todos saben lo que viene pero nadie lo dice todavía.
El teniente Rodrigáñez los había reunido en el patio a las ocho de la tarde. Era un hombre de baja estatura para ser granadero — el único requisito que no cumplía con holgura, a diferencia de todos ellos — con voz tranquila, que tenía la costumbre de mirar a los ojos cuando hablaba. Miguel lo respetaba de una manera que no había aprendido todavía a nombrar — no era miedo, no era admiración exactamente, era algo más parecido a la certeza de que ese hombre no iba a pedirle nada que no tuviera sentido.
Lo que les pidió esa noche tenía sentido y a la vez era lo más grande que Miguel había escuchado en sus dieciocho años.
Les dijo que cerraran las puertas. Les dijo que emplazaran las ametralladoras en la entrada. Les dijo que había tropas del Ejército moviéndose hacia la Casa de Gobierno y que su obligación era defender al presidente de la Nación. Después dijo algo que Miguel repitió en su cabeza muchas veces en los años que siguieron, cada vez con el mismo peso: de aquí puede ser que nos saquen a la fuerza, pero con las patas para adelante.
Nadie respondió. No hacía falta.
Miguel Ávalos fue a su posición.
Pensó en su abuelo. Pensó en Cruz del Eje. Pensó, de una manera vaga que no llegaba a ser un pensamiento completo, en el presidente que estaban defendiendo — ese médico cordobés de Cruz del Eje, exactamente de Cruz del Eje, que había llegado a la presidencia con el veinticinco por ciento de los votos y que en los diarios aparecía siempre como la tortuga, lento, inútil, fuera de tiempo. Miguel no entendía mucho de política. Pero entendía que ese hombre era de donde él era, que había curado a la gente del norte de Córdoba durante treinta años antes de llegar a Buenos Aires, y que ahora el Ejército venía a sacarlo.
Las horas pasaron de una manera que Miguel no supo medir bien. El frío de junio en Buenos Aires era distinto al frío de Cruz del Eje — más húmedo, más pesado, un frío que entraba por la ropa. Las palmeras se movían despacio. Adentro, en el despacho presidencial, había voces que no llegaban a ser palabras desde donde Miguel estaba parado.
En algún momento de la madrugada escuchó al teniente hablar con alguien al otro lado de las puertas cerradas. No escuchó lo que dijo el teniente. Escuchó la respuesta — una voz de general, seca, que decía algo sobre rendirse. Y escuchó al teniente otra vez, también sin entender las palabras exactas, pero con un tono que no dejaba lugar a interpretaciones.
Los sitiadores no entraron.
Miguel no supo en ese momento por qué. Supo después — mucho después, cuando la historia de esa noche empezó a circular de boca en boca entre los que habían estado ahí — que el coronel del regimiento, desde afuera, había dicho que él mismo vendría a pelear si sonaba el primer disparo. Que Alsogaray se había quedado mudo. Que habían calculado el costo de tomar la Casa Rosada por la fuerza y habían decidido esperar.
Esperaron todos. Los de adentro y los de afuera.
Lo que terminó la espera no fue un disparo. Fue el presidente.
Miguel no estaba en el despacho cuando Illia tomó la decisión, pero sí estaba en el corredor cuando el teniente vino a comunicarla. El teniente les dijo que el presidente los relevaba. Que el presidente no quería muertos. Que la orden era bajar las armas.
Miguel miró al teniente. El teniente los miraba a ellos con esa misma mirada directa de siempre, y Miguel buscó en esa mirada algo — enojo, alivio, vergüenza, cualquier cosa — y no encontró nada que pudiera nombrar fácilmente. Solo el peso de alguien que acaba de recibir la orden más difícil de su carrera y la va a cumplir porque es su deber cumplirla, igual que era su deber resistir.
Bajaron las armas.
Abrieron las puertas.
Miguel formó parte de la escolta que acompañó al presidente hacia la salida. Caminó a pocos pasos de Arturo Illia por los corredores de la Casa de Gobierno en esa madrugada de junio. El presidente caminaba despacio — no como la tortuga que decían los diarios, sino como alguien que no tiene apuro porque ya sabe lo que viene y lo ha aceptado. Saludó a los que lo acompañaban. No lloraba. Tenía la misma cara que Miguel le había visto en las fotos oficiales, solo que más quieta.
En la calle Balcarce, el presidente se detuvo.
Alguien le ofreció un auto. El presidente lo rechazó.
Miguel vio cómo Arturo Illia levantaba la mano en la esquina fría de esa madrugada de junio y paraba un taxi como cualquier persona. Como alguien que viene de trabajar y necesita volver a su casa. Sin custodia. Sin ceremonia. Sin nada que se pareciera al final de una presidencia excepto por el frío y la oscuridad y los granaderos que lo miraban desde la vereda sin saber qué hacer con las manos.
El taxi arrancó.
Miguel Ávalos se quedó en la vereda de la calle Balcarce con el fusil al hombro y el frío de Buenos Aires en la cara y pensó, sin terminar el pensamiento del todo, en Cruz del Eje. En su abuelo. En el tono con que los abuelos hablan de ciertas cosas cuando quieren que duren.
Miguel Ávalos · Conscripto · Regimiento de Granaderos a Caballo · Cruz del Eje, Córdoba · Casa de Gobierno, Buenos Aires · 28 de junio de 1966
EPÍLOGO DOCUMENTAL
Arturo Umberto Illia dejó la Casa Rosada a las 7.30 del 28 de junio de 1966. Rechazó el auto oficial. Tomó un taxi hasta la casa de su hermano Ricardo, en Martínez. Después volvió a Cruz del Eje, donde retomó el ejercicio de la medicina. Murió el 18 de enero de 1983 sin haber cobrado la jubilación de privilegio que le correspondía como ex presidente. Siguió atendiendo pacientes hasta que su salud no se lo permitió. El teniente Aliberto Rodrigáñez Ricchieri tenía 32 años esa noche. Descendiente del soldado que le dio el caballo bayo a San Martín en San Lorenzo en 1813 y del general que recreó el Regimiento en 1903. Fue condecorado por el presidente Mauricio Macri en 2016, cincuenta años después. Su coronel, que había prometido marchar en su auxilio si sonaba el primer disparo, cumplió con su deber de otra manera: no ordenó la rendición. Los otros veintinueve granaderos de esa guardia no tienen nombre en ningún registro público. Estaban ahí.