TRANSCRIPCIÓN NARRATIVA
REGISTRO SIN NOMBRE
Rosana Vilte · Dieciocho años · Humahuaca, Jujuy · Estudiante de primer año · Nueva Córdoba, Córdoba · Un domingo de marzo
El colectivo salió de Humahuaca un sábado cerca del mediodía y llegó a Córdoba el domingo a las seis de la mañana. Rosana Vilte contó las provincias por los carteles: Salta, Tucumán, Santiago del Estero. Después se durmió y cuando despertó ya no había cerros. Eso fue lo primero que le pareció raro. No los edificios, ni el ruido, ni la cantidad de gente. La ausencia de cerros. El horizonte plano, sin nada que lo detuviera, como una mesa.
Su madre le había preparado el bolso el jueves. Adentro había ropa, un cuaderno todavía sin usar, una foto de la familia que Rosana no había pedido, y un tupper con empanadas que iban a durar hasta Tucumán y no más. Su padre no fue a la terminal. Se despidió en la casa, en el patio, y le dijo que estudiara. No dijo nada más porque no hacía falta y porque él tampoco sabía cómo se dicen esas cosas.
La pieza la había conseguido una tía por teléfono, a través de una conocida de una conocida. Nueva Córdoba, sexto piso, un ambiente. Cuando Rosana entró y cerró la puerta, calculó sin querer que el cuarto entero entraba en el patio de su casa.
Pasó el domingo acomodando. Estiró la ropa en el placard aunque no llenaba ni la mitad. Puso la foto sobre la mesada, la sacó, la volvió a poner en otro lugar, la terminó dejando adentro del cajón. Bajó a comprar algo para comer y volvió con pan y un yogur porque no supo qué más comprar. Miró por la ventana los balcones de enfrente, todos iguales, todos chiquitos, casi todos con una bicicleta o un tendedero o nada.
A las nueve de la noche llamó a su casa. Su madre le preguntó si había llegado bien y ella dijo que sí. Le preguntó si la pieza estaba bien y ella dijo que sí. Le preguntó si había comido y ella dijo que sí. Su madre le dijo que se cuidara y Rosana le dijo que sí, y cortaron, y las dos se quedaron con la sensación de que la conversación no había servido para nada de lo que en realidad querían decirse.
Después apagó la luz.
Y ahí, recién ahí, la ciudad empezó a sonar.
En Humahuaca, de noche, se escuchaban perros. A veces un motor lejos. El viento cuando bajaba de la quebrada. En Córdoba, a las diez de la noche de un domingo de marzo, Rosana escuchó colectivos, una moto, alguien gritando algo en la calle que no era una pelea sino una alegría, música de un departamento del piso de abajo, un ascensor, el zumbido de la heladera, y una risa de mujer en el balcón de enfrente. Todo junto. Todo el tiempo. Ninguno de esos ruidos le pertenecía.
Se acostó vestida porque le dio pudor cambiarse en un lugar que todavía no era suyo.
Pensó en la clase del lunes. En que no sabía cuál era el colectivo. En que había anotado en el cuaderno el nombre del pabellón pero no dónde quedaba el pabellón. En que la fila para la tarjeta del transporte, le habían dicho, era larga. En que todo eso, que en Humahuaca hubiera resuelto preguntándole a cualquiera, acá no sabía a quién preguntárselo.
Pensó en su hermano menor, que se iba a quedar con la pieza de los dos para él solo.
Pensó en que no había llorado en la terminal y que le había parecido importante no llorar en la terminal.
Lloró en la pieza, que era distinto, porque no la veía nadie.
Lloró un rato corto y después se enojó consigo misma, y después dejó de enojarse, porque a los dieciocho años uno todavía no sabe que llorar la primera noche no es una debilidad sino un trámite, algo que hay que hacer una vez, como la inscripción o la libreta.
Cerca de la medianoche escuchó, desde el departamento de al lado, a alguien hablando por teléfono. No entendió las palabras. Entendió el tono: era alguien tranquilizando a otro. Alguien diciendo que sí, que estaba todo bien, que había llegado bien, que la pieza estaba bien, que había comido.
La misma conversación que ella había tenido tres horas antes.
Rosana Vilte se quedó escuchando esa voz del otro lado de la pared y por primera vez en todo el día se le ocurrió algo que no se le había ocurrido en todas esas horas de colectivo ni en la terminal ni en el ascensor ni en el silencio de la pieza: que no era la única. Que en ese edificio, y en el de enfrente, y en el de la otra cuadra, y en todo el barrio, había cientos de piezas iguales a la suya con alguien adentro haciendo exactamente lo mismo. Marcando el número de una casa que quedaba lejos. Diciendo que estaba todo bien.
El barrio entero estaba pasando su primera noche.
No la consoló del todo. Pero la acomodó.
Se durmió tarde. A las siete menos cuarto sonó el despertador y Rosana se levantó, se cambió, agarró el cuaderno sin usar y bajó los seis pisos. En la vereda había otros. Muchos otros. Todos con la misma cara de no saber cuál era el colectivo.
Uno le preguntó, en un acento que ella todavía no sabía identificar, si sabía por dónde se iba a Ciudad Universitaria.
Rosana le dijo que no, que ella también era de afuera.
Y caminaron juntos.
Rosana Vilte · Estudiante de primer año · Humahuaca, Jujuy · Nueva Córdoba, Córdoba · Un lunes de marzo, siete menos cuarto de la mañana
EPÍLOGO DE LOS QUE SE QUEDARON
El 51 por ciento de los estudiantes de la Universidad Nacional de Córdoba viene del interior de la provincia o de otras provincias. Cada año se inscriben cerca de cincuenta mil ingresantes solo en la UNC: 49.724 en 2025, 51.637 el año anterior. La ciudad tiene nueve universidades y recibe estudiantes de más de treinta y cinco países. Nueva Córdoba, el barrio donde la mayoría alquila, fue proyectado en 1886 como zona residencial para las familias más ricas de Córdoba; desde los años setenta, la cercanía con Ciudad Universitaria reemplazó las casonas por torres de monoambientes. La Universidad abrió residencias y comedores subsidiados porque, en palabras de su propia Secretaría de Asuntos Académicos, el arribo a la ciudad es «una experiencia de ruptura». Hay investigación académica sobre esos dos primeros años. Lo que no hay es registro de la primera noche: eso no se documenta, no se denuncia y no se cuenta. Se pasa. El sesenta por ciento de los que se reciben en la UNC se queda a vivir en Córdoba. En algunas carreras, más del setenta. Vinieron por un título y se quedaron para siempre. Esta República no tiene fronteras ni aduana: hace cuatro siglos que anexa gente por la vía de las aulas, y ni siquiera se dio cuenta de que lo estaba haciendo.