TRANSCRIPCIÓN NARRATIVA
TESTIMONIO ATRIBUIDO
Tomasso Taliani · Ingeniero · Inmigrante italiano · Laboratorio de la Facultad de Medicina, Universidad Nacional de Córdoba · 1960
Tengo setenta y dos años y mis manos todavía saben lo que hacen. Eso es lo primero que le dije al doctor Liotta cuando vino a buscarme. Que mis manos sabían lo que hacían. Él me miró los dedos — yo los tengo torcidos, los nudillos grandes, el dedo índice de la derecha doblado desde un accidente en Turín en 1921 — y dijo: perfecto. Que exactamente eso necesitaba. Manos que supieran lo que hacían.
No soy médico. Nunca lo fui. Soy ingeniero de precisión — o lo era, antes de que Italia se deshiciera y yo terminara en este país que tampoco es el mío pero al que ya no puedo llamar ajeno después de treinta años. Hice piezas para aviones. Hice instrumentos de medición. Hice válvulas y cilindros y pequeños mecanismos que tienen que funcionar siempre, sin excusa, porque si fallan la cosa que sostienen también falla, y a veces lo que sostienen es un avión con personas adentro. Eso me enseñó una sola cosa que vale más que todos los títulos: que la tolerancia en la manufactura no es un número en un papel. Es una decisión moral.
Domingo Liotta llegó a mi taller en la calle en una mañana de otoño. Era joven — treinta y cinco años, pelo negro, los ojos de alguien que está pensando en dos cosas al mismo tiempo siempre. Venía de Francia, dijo. De Lyon. Había estado trabajando allá en cirugía torácica y en los últimos meses de su residencia había empezado a pensar en algo que nadie había hecho todavía: un corazón que no fuera de carne.
Yo en ese momento no entendí bien la magnitud de lo que me estaba diciendo. Escuché: bomba. Dos cavidades. Válvulas que se abren y cierran con cada latido. Silicona y dacron. Presión controlada. Un mecanismo que tiene que latir setenta veces por minuto durante horas, quizás días, sin detenerse. Lo escuché como escucho cualquier encargo técnico — buscando los problemas de manufactura, las tolerancias, los materiales.
Recién cuando me dijo para qué era entendí que no era un encargo técnico.
Era para ponerlo dentro de un pecho humano.
Salí a caminar esa tarde. Tengo esa costumbre cuando algo me pesa: caminar por la ciudad hasta que el peso se distribuye mejor. Caminé por la Cañada, que a esa hora en otoño tiene una luz particular — baja, dorada, con olor a pasto y a ciudad al mismo tiempo — y pensé en lo que Liotta me había pedido. Pensé en las válvulas. En la silicona. En los milímetros. En el hecho de que si yo hacía mal una pieza, la cosa no iba a funcionar, y si la cosa no funcionaba, el hombre que la tuviera adentro iba a morir.
Volví al taller y le dije que sí.
No por valentía. Por lo que me enseñó fabricar piezas para aviones: que cuando entendés la tolerancia de verdad, cuando tenés ese número grabado en las manos y no solo en la cabeza, el miedo a equivocarse no te paraliza. Te hace más cuidadoso. Son cosas distintas.
El laboratorio que nos dieron en la Facultad de Medicina era pequeño. Tres mesas, luz natural por una ventana que daba a un patio interior, una lámpara de brazo articulado que Liotta trajo de su casa. Al fondo, una pileta de acero inoxidable que usábamos para limpiar las piezas. En invierno hacía frío porque la calefacción llegaba mal a ese pasillo. Pusimos un brasero eléctrico debajo de la mesa principal y así trabajamos los meses más fríos.
Lo primero que hice fue estudiar el corazón humano. No de manera médica — eso era el territorio de Liotta — sino de manera mecánica. Pedí dibujos anatómicos. Medí. Pregunté: ¿cuánta presión genera el ventrículo izquierdo en sístole? ¿Cuánto volumen mueve cada latido? ¿Cuánto pesa el corazón de un adulto? Ciento ochenta gramos, dijo Liotta. No más que eso. Ciento ochenta gramos que bombean cinco litros de sangre por minuto.
Entonces entendí el verdadero problema. No era hacer algo que latiera. Era hacer algo que latiera setenta veces por minuto, cinco litros por minuto, sin fallar, sin filtrar, sin crear coágulos en la sangre que pasaba por adentro, pesando no más de lo que pesaba el órgano que reemplazaba, y siendo lo suficientemente pequeño para caber en el saco pericárdico después de extraer el corazón natural.
Eso no era ingeniería aeronáutica. Era algo más difícil.
Los primeros tres meses fueron de fracasos que Liotta anotaba en un cuaderno con letra pequeña y yo anotaba en la cabeza. Las válvulas filtraban. El material de las cámaras no aguantaba la presión cíclica — la silicona que conseguíamos en Córdoba tenía una composición que cedía después de cuatro o cinco mil ciclos, lo que en latidos reales son menos de dos horas. Escribimos cartas a proveedores en Buenos Aires, en São Paulo, en los Estados Unidos. Esperamos semanas la respuesta. A veces la respuesta era que el material no existía en el país.
Lo fabricábamos.
Eso es lo que hacen las personas en ciudades del interior cuando la cosa que necesitan no llega de afuera: la fabrican con lo que tienen. Liotta tenía eso muy incorporado — era cordobés por formación aunque entrerriano de nacimiento, y en Córdoba la Universidad te enseña a pensar pero también te enseña que pensar no alcanza si no hacés. Yo lo tenía incorporado de otra manera, desde antes, desde los talleres de Turín donde aprendí que la teoría es la excusa y el torno es la verdad.
A mediados del año empezamos a tener algo que se parecía a lo que buscábamos. Dos cámaras de silicona con paredes de dacron, válvulas hemisféricas que abrían y cerraban con cada ciclo de presión, un sistema neumático externo que controlaba el ritmo. Lo conectábamos a una bomba de presión y lo hacíamos latir sobre la mesa. Veíamos la sangre artificial — agua teñida, en esos primeros ensayos — circular por los tubos. El sonido era extraño: un chasquido suave, repetido, regular. Como una mano golpeando despacio sobre una mesa acolchada.
Liotta se quedaba mirando. Yo me fijaba en las uniones.
Empezamos los ensayos con animales en el segundo semestre. Los perros venían de la calle — perros grandes, adultos, que la Facultad conseguía para los experimentos. No voy a decir que eso no me pesaba. Me pesaba. Pero Liotta me explicó, con paciencia, que no había otro camino: nadie iba a permitir probar algo así en un ser humano sin saber antes que funcionaba, y para saber si funcionaba en un mamífero había que probarlo en un mamífero. La lógica era irrebatible. La incomodidad no desaparecía por ser irrebatible.
El primer perro vivió cuatro horas con el prototipo adentro. El segundo, siete. El tercero, que era un animal grande y tranquilo al que alguien del laboratorio había empezado a llamar Cóndor sin que yo supiera bien por qué, vivió trece horas. Cuando terminó, Liotta y yo nos quedamos sentados en el laboratorio sin hablar durante un rato. Afuera era de noche. La Cañada sonaba lejos.
Trece horas. En 1960, en un laboratorio de Córdoba, con materiales conseguidos pieza por pieza, con una lámpara de brazo articulado y un brasero eléctrico, habíamos hecho funcionar durante trece horas una máquina que hacía lo que hace el corazón humano.
Liotta escribió los resultados. Los publicamos en dos trabajos que mandamos a revistas internacionales. Nadie, afuera de esas cuatro paredes, sabía todavía lo que había pasado en esa habitación.
En julio de 1961 llegó la invitación de la Universidad Baylor de Houston. Michael DeBakey, el mejor cirujano cardiovascular del mundo en ese momento, había leído los trabajos y quería a Liotta en su equipo. Liotta vino a decirme que se iba. Estábamos en el laboratorio, él de pie, yo sentado ajustando una válvula que no había terminado. Me preguntó si quería ir con él.
Tenía setenta y tres años. Houston era otro mundo, otro idioma, otro invierno. Le dije que no. Que él tenía que ir, que lo que habíamos empezado aquí necesitaba el laboratorio que Houston podía darle, que yo era demasiado viejo para empezar en otro idioma.
Lo que no le dije — y que todavía pienso mientras escribo esto, en este laboratorio que ya no usa nadie para lo que lo usamos nosotros — es que yo ya había terminado mi parte. Las manos habían hecho lo que sabían hacer. El resto era el trabajo del médico, el trabajo del quirófano, el trabajo del mundo grande que yo miraba siempre desde afuera.
Mi parte era este cuarto. Estas mesas. Estos prototipos que Liotta se llevó en una valija a Houston y que nueve años después alguien iba a poner dentro de un pecho humano.
Lo supe, o lo intuí. Tenía esa certeza que tienen las cosas cuando están bien hechas: que van a llegar adonde tienen que llegar. No sé si eso es fe o es experiencia. A los setenta y tres años ya no distingo bien la diferencia.
Tomasso Taliani · Ingeniero · Laboratorio de la Facultad de Medicina · Universidad Nacional de Córdoba · 1961
EPÍLOGO DOCUMENTAL
Lo que siguió: Domingo Liotta llegó a Houston en julio de 1961 y trabajó bajo la dirección de Michael DeBakey en el programa de corazón artificial de la Universidad Baylor. El 4 de abril de 1969, junto al cirujano Denton Cooley, implantó el primer Corazón Artificial Total en un ser humano — Haskell Karp, 47 años, con el miocardio destruido. El dispositivo mantuvo a Karp vivo durante 64 horas, hasta que recibió un trasplante de donante. El prototipo original del Corazón Artificial Total Liotta-Cooley fue elegido en 2006 para su exhibición en el sector de Tesoros de la Historia Americana de la Institución Smithsoniana, en Washington — el mismo museo que guarda la cápsula del Apolo 11. Ese año, Armstrong pisaba la Luna. En un quirófano de Houston, Liotta ponía un corazón de silicona en un pecho humano. Los dos sucedieron el mismo año. Tomasso Taliani murió en Córdoba antes de saberlo. Lo que construyeron sus manos sigue funcionando, en otras formas, en todos los hospitales del mundo.