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Republic of Córdoba

1574

CRÓNICA DE RESISTENCIA

Colchiquí

El cerro que cambió de nombre

19 DE DICIEMBRE DE 1574ONGAMIRA · SIERRAS DE CÓRDOBA

NOTA DE LECTURA

Lo que sigue es la crónica de Ailin — en lengua hênîa, "transparente como el agua clara" — hija del chamiquero del Charalqueta, nieta del cacique Onga. Tenía dieciocho años el 19 de diciembre de 1574. Fue la única que bajó del cerro esa noche. Lo que se sabe históricamente está documentado — Blas de Rosales, el capitán Berrío, los arcabuces, el cerro, la poción. Lo que ella vio, lo que oyó, lo que sintió: eso lo imaginó alguien que tuvo que imaginar lo inimaginable.

TRANSCRIPCIÓN NARRATIVA

TESTIMONIO ATRIBUIDO

Ailin, hija del chamiquero del Charalqueta · 19 de diciembre de 1574

Mi padre me dijo una sola cosa antes de preparar la pócima: Vos te quedás. Yo le dije que no. Que no me iba a quedar. Que si él subía, yo subía. Que si él saltaba, yo saltaba. Me miró largo tiempo, con esa cara que tenía cuando sabía algo que yo todavía no podía saber. Luego dijo: Alguien tiene que recordar cómo se llamaba este cerro.

Hay cosas que debo contar desde el principio para que se entienda lo del final.

El Charalqueta siempre fue nuestro cerro sagrado. No 'sagrado' como algo lejano e intocable — sagrado como algo que forma parte del cuerpo de uno, como el pecho o los huesos. Tiene mil quinientos setenta y cinco metros de altura y desde la cima se ve todo el valle, los dos ríos, los farallones rojos que el sol de la tarde tiñe de naranja encendido, las cuevas donde viven los cóndores, los cultivos en las laderas, el humo de las casas. Desde ahí arriba, el mundo tiene sentido. Todo encaja.

Lo llamábamos Charalqueta porque era el lugar donde vivía el dios de la alegría. No la alegría fácil, no la risa de los niños — aunque también eso — sino la alegría profunda, la que viene de estar en el lugar correcto del mundo, de conocer cada piedra con los pies, de saber que la tierra te reconoce tanto como vos la reconocés a ella.

Mi abuelo Onga venía aquí a rezar cuando tomaba decisiones difíciles. Le hablaba al cerro. El cerro, según él, contestaba siempre — solo que en un idioma que requería mucho silencio para entender. Yo venía aquí a mirar.

Debo hablar de mi pueblo para que quien lea esto entienda quiénes éramos antes de ese día.

Los hênîa-kâmîare somos altos. Tengo dieciocho años y mido más que cualquier hombre español que he visto. Mi padre medía casi dos metros — lo sé porque de niña medía mi altura contra su cuerpo y nunca llegué a su mentón. Los españoles, cuando nos ven por primera vez, retroceden. No por miedo sino por sorpresa: no esperaban encontrar aquí gente alta y barbuda, de ojos claros muchos de nosotros, que miran de frente. Parecemos extranjeros en nuestra propia tierra, dicen. Qué raro que el extranjero sea quien dice eso.

Nuestras casas son pozos en la tierra. Quien no las conoce pasa por encima sin verlas — solo el humo que sale, como si la tierra respirara. Por dentro son cálidas en invierno, frescas en verano. Las construimos así porque la tierra misma es la casa — no algo sobre la tierra, la tierra misma. Enterramos a nuestros muertos en las esquinas, en posición de hijo que va a nacer otra vez, envueltos en cuero, con sus cosas. Así el muerto sigue siendo parte de la casa. El muerto sigue calentando.

Eso también les resultó incomprensible a los españoles. La idea de vivir con los muertos adentro. Yo pienso que lo incomprensible era lo otro: vivir como si los muertos no estuvieran.

Blas de Rosales llegó al valle en el verano de 1573, tres meses después de que Jerónimo Luis de Cabrera fundara la ciudad a orillas del Suquía. Cabrera le había dado estas tierras — las tierras de mi abuelo, las tierras donde mi padre aprendió a preparar el chamico — como si fueran un regalo que alguien tenía el derecho de hacer.

Rosales era gordo y tenía el pelo rojo, color que aquí nunca habíamos visto. Venía por oro. Siempre el oro. Nosotros no sabemos qué hace el oro cuando está en una bolsa cerrada — aquí el oro estaba en la luz de la tarde sobre las rocas y eso no se puede meter en ninguna bolsa. Les dijimos que no había oro. No nos creyeron.

El primer año fue de escaramuzas. Ellos avanzaban, nosotros resistíamos, ellos retrocedían. Mi abuelo Onga sabía cada quebrada, cada saliente de roca, cada lugar donde cincuenta hombres podían emboscar a doscientos. Los caballos no servían en las laderas. Las espadas no servían cuando el enemigo ya no estaba. La sierra nos protegía porque la sierra era nuestra.

Rosales se impacientó. En el otoño de 1574 subió con más hombres, con mejores armas, con la decisión de terminar de una vez. Fue a las cuevas donde sabía que estábamos. Mi abuelo lo mató en las cuevas con una lanza. Lo sé porque lo vi. Tenía diecisiete años y estaba detrás de una roca, y vi la lanza de mi abuelo cruzar el aire y al hombre gordo de pelo rojo caer pesado como una piedra. Por un momento — un momento muy breve — pensé que eso significaba que había terminado.

No había terminado.

La muerte de Rosales fue la señal para que enviaran desde la ciudad a alguien peor. El capitán Antonio de Berrío llegó con veinticinco soldados a caballo, arcabuces y una orden que los cronistas escribieron así: ir al castigo de los indios de Ungamira y Canumbascate que se habían hecho fuertes en un peñón muy áspero y alto. Castigo. Esa palabra en español la aprendí antes que ninguna otra.

Berrío llegó en diciembre, cuando el verano empieza a apretar aquí en las sierras y los cerros están verdes y el Charalqueta refleja el sol de la tarde como un espejo rojo. Éramos entonces unas mil ochocientas personas en el valle — hombres, mujeres, viejos, niños. La mayoría estábamos en las laderas del Charalqueta porque ahí era más fácil defender: la pendiente trababa a los caballos, los farallones nos protegían por tres lados.

Mi abuelo Onga se batió contra los soldados de Berrío durante dos días. Dos días largos que todavía recuerdo en detalles que no consigo olvidar: el olor de la pólvora que nunca habíamos olido antes, el sonido de los arcabuces que no es como ningún otro sonido de la naturaleza — seco, definitivo, sin eco — y el silencio después de cada disparo que era peor que el disparo mismo. Mi abuelo murió al segundo día. No sé exactamente cómo. Vi que ya no estaba y eso fue suficiente para saber.

Fue entonces cuando los españoles encontraron el paso por el oeste.

La ladera oeste del Charalqueta es la más suave, la menos empinada, la que nosotros siempre consideramos secundaria. Por eso no la cuidamos bien. Berrío lo supo — no sé cómo lo supo, quizás había alguien que les habló, quizás simplemente lo vio — y mandó por ahí a los jinetes. Cuando los caballos aparecieron en la cima, ya no había adónde ir. Al este y al norte: el precipicio, quinientos metros de caída vertical sobre las rocas del valle. Al sur y al oeste: los caballos y los arcabuces y las espadas. Había mil ochocientas personas en ese espacio. Vi la cara de mi padre cuando entendió lo que había pasado. No era miedo. Era algo más tranquilo que el miedo — algo que reconocí después como la cara de quien ya tomó una decisión.

Mi padre era el chamiquero. El chamiquero era el que preparaba la pócima de chamico para los que querían pasar al otro lado cuando llegaba su momento. Era una tradición anterior a todo — anterior a la llegada de los españoles, anterior a mi bisabuelo, anterior a lo que cualquiera pudiera recordar. Cuando alguien sentía que su ciclo se completaba — cuando la rama se quebraba a la altura del ombligo, como decían los mayores — subía al Charalqueta y el chamiquero preparaba el tránsito.

No era muerte. Era integración. El cuerpo regresaba a la tierra que lo había formado. Si el cuerpo no aparecía después de la caída — si se integraba completamente, sin restos visibles — era señal de que el tránsito había sido perfecto.

Eso era en tiempos normales. Eso era cuando era una persona a la vez, en paz, eligiendo su momento con el sonido de una rama como señal. Esto era otra cosa.

Mi padre miró a las mil ochocientas personas acorraladas en la cima del Charalqueta, con los caballos de Berrío a cincuenta metros, y empezó a preparar la pócima.

El chamico crece en los valles húmedos, en los bordes de los ríos, cerca de las cuevas. Datura ferox lo llaman los que saben de plantas — la hierba del diablo, la dicen los españoles cuando la conocen. Sus flores son blancas, con forma de trompeta, y huelen bien de noche. Sus semillas son el veneno y el portal al mismo tiempo: en dosis pequeñas, alucinógeno; en dosis grandes, muerte; en la dosis exacta que solo el chamiquero sabe, un tránsito — un estado intermedio donde el dolor físico ya no llega pero la conciencia todavía está, flotando, viendo.

Mi padre había aprendido la dosis de su padre, que la había aprendido del suyo, que la había aprendido de alguien cuyo nombre ya nadie recordaba. Esa tarde preparó la pócima en el mortero grande del Charalqueta — el mortero de piedra que llevaba generaciones en ese lugar, que tenía el color de todas las cosas que habían sido molidas en él. Trabajó rápido, con las manos seguras. Yo lo miraba desde un costado.

Había arcabuzazos esporádicos. Berrío no avanzaba todavía — estaba esperando algo, quizás que nosotros rindiéramos, quizás que sus hombres descansaran los caballos después del ascenso. Ese espacio entre el ataque y el siguiente era el tiempo de mi padre. La pócima quedó lista en una vasija grande de barro. Mi padre la distribuyó en vasijas más pequeñas que pasaron de mano en mano. Luego vino a buscarme.

Vos te quedás. Le dije que no. Le dije todo lo que ya escribí antes. Le dije que yo también quería integrarme, que no quería quedarme sola, que no sabía vivir en un mundo sin él, sin mi abuelo, sin nadie que fuera de mi sangre y mi tierra. Me escuchó todo. Luego dijo: Alguien tiene que recordar cómo se llamaba este cerro.

Entendí. Tardé un momento, pero entendí. Charalqueta. El cerro de la alegría. El lugar donde vivía el dios de la felicidad. Cuando todos se fueran — cuando todos pasaran al otro lado — ya no habría nadie que supiera ese nombre. Los españoles le pondrían otro nombre, el que ellos quisieran. Si yo no quedaba, si nadie quedaba, el cerro olvidaría su nombre verdadero.

Mi padre me tomó la cara entre las manos — las manos que olían al chamico, que siempre olían a algo de las plantas — y me miró de cerca. Viví, dijo. Eso también es resistir. Me dio la espalda y fue con los demás.

No voy a describir lo que pasó después con todo el detalle. No porque no pueda. Sino porque hay cosas que no se traducen en palabras — que existen en otro registro, el del cuerpo, el de la memoria muscular que no pasa por el lenguaje. Quedé parada en una grieta de la roca, oculta, pequeña, mientras las personas que conocía toda mi vida bebían la pócima de mi padre y se acercaban al borde.

El chamico tarda en actuar. Primero los oídos — los sonidos se distancian, se vuelven lejanos, como escuchados desde el fondo de una cueva. Luego los ojos — la luz se intensifica, los colores se separan. Luego el cuerpo — una liviandad, como si los huesos fueran de pasto seco, como si la gravedad cediera un poco.

Lo sé porque mi padre me lo había contado muchas veces. Me lo había contado así, como algo natural, sin drama — la manera en que uno le cuenta a un hijo cómo funciona el mundo. Vi las caras de las personas cuando empezó a actuar. No eran caras de miedo. Eran caras de algo que no tiene nombre exacto en ningún idioma que yo conozca — una mezcla de dolor y paz que solo existe en ese umbral, en ese punto exacto donde una cosa termina y otra empieza.

Los caballos de Berrío estaban a cuarenta metros. Las primeras personas se acercaron al borde.

El sol estaba bajando al poniente, directo sobre el Charalqueta, cuando empezaron a saltar. La luz era naranja y roja, el color de siempre a esta hora, el color que siempre amamos, y los farallones brillaban como brasas. Desde mi grieta de roca veía el valle entero abajo: los dos ríos, las cuevas, los cultivos en las laderas, el humo de las casas que ya nadie iba a habitar.

Onga, mirá qué paisaje. Lo pensé en el momento. No sé de dónde vino — quizás de algún recuerdo de mi abuelo, quizás de algo más antiguo que él. El nombre del valle viene de ese grito de asombro que la gente hacía cuando llegaba aquí por primera vez y veía lo que había: ¡Onga, mira! La energía de todo lo creado. La exclamación que se vuelve nombre.

Mi padre fue de los últimos. Se paró en el borde un momento antes de saltar. Desde donde yo estaba — a unos veinte metros — no podía ver su cara, solo su espalda, la manta de lana oscura que usaba para el frío, los pies descalzos sobre la roca. Se quedó quieto un momento largo.

Luego se dio vuelta y me buscó con los ojos. Me encontró. Sé que me encontró porque vi que levantaba un poco la mano — no un gesto de despedida, algo más pequeño, más íntimo, el gesto que hacen los chamiqueros cuando terminan una preparación y dejan el mortero. El fin de un ciclo. Después saltó.

Berrío y sus hombres llegaron a la cima cuando ya no quedaba casi nadie. Encontraron el mortero grande de piedra en el que mi padre había preparado la pócima. Uno de los soldados lo levantó para llevarlo. Otro se lo impidió — superstición española, miedo a lo desconocido — y lo tiraron al suelo. Se rompió.

No lo rompieron con intención ritual. Lo rompieron por descuido, por desprecio, por la torpeza de quien no sabe que está rompiendo algo que lleva generaciones. Pero el efecto fue el mismo que el de los morteros matados que mis mayores rompían cuando moría un cacique: nadie más usaría ese mortero. Ese ciclo había terminado. Yo lo vi desde la grieta. Lo vi y lo guardé.

Bajé del cerro de noche, cuando los soldados ya habían vuelto al campamento en el valle. No llevaba nada. Ni siquiera una manta — esa también había quedado arriba. El frío de diciembre en la noche serrana es distinto al frío de julio: más húmedo, con olor a pasto recién cortado. Bajé descalza sobre las rocas que conocía desde que aprendí a caminar, en la oscuridad que no era oscuridad porque la luna estaba casi llena y las piedras de arenisca roja reflejaban la luz de una manera que de día no hacen.

Antes de salir de la cima, puse la mano sobre la roca del Charalqueta. Pensé el nombre que iba a tener desde esa noche. Colchiquí. Manto de sangre. Dios de la fatalidad, de las cosas adversas. Ese sería el nombre que los sobrevivientes — si había sobrevivientes — le darían, el nombre que los españoles aceptarían porque era el que describía lo que ellos habían hecho. El nombre que dura hasta hoy.

Pero la roca debajo de mi mano sabía su nombre verdadero. Lo sabía en los setecientos millones de años de granito, en la presión y el calor que la formaron, en los once mil años de pies humanos que la habían caminado. Charalqueta. El cerro de la alegría. Ese nombre también existe, pensé. Aunque nadie lo diga.

Caminé tres días para llegar a un valle al sur donde había una comunidad que nos era pariente. Me dieron comida y abrigo. Me preguntaron qué había pasado. Les conté. La mujer mayor que me escuchó no dijo nada durante un rato largo. Luego dijo: ¿Y el chamiquero? Le dije que el chamiquero había sido el último en saltar. Asintió como si eso fuera exactamente lo que debía haber pasado. Como si no hubiera podido ser de otra manera.

Años después, mucho después, un poeta del sur de este continente visitó el valle y lo llamó 'el lugar más triste del mundo'. Lo dijo al mirar los farallones rojos y saber la historia que guardaban. No estaba equivocado — pero tampoco estaba completamente en lo cierto.

El lugar más triste del mundo es el lugar de la tristeza más grande. Y la tristeza más grande no es la muerte: es la separación entre lo que algo es y el nombre con el que lo llaman. El cerro sigue siendo el Charalqueta. Aunque lo llamen Colchiquí. Aunque las piedras no contesten cuando uno pregunta, siguen sabiendo su nombre.

Eso es lo que vine a decir. Lo que mi padre me pidió que guardara. Estuve aquí. Vi esto. El cerro se llamaba Charalqueta y significaba alegría y era el lugar más hermoso que habían visto los ojos de mi pueblo desde el principio del mundo. Que conste.

Ailin · Hija del chamiquero del Charalqueta · Diciembre de 1574 · Ongamira, Sierras de Córdoba

NOTA DOCUMENTAL

Nota de quien transcribe, cuatro siglos y medio después: los arqueólogos del Proyecto Arqueológico Ongamira, del IDACOR-CONICET, llevan desde 2010 investigando el sitio. Sus hallazgos complejizan la leyenda: los restos humanos encontrados son en su mayoría anteriores a la conquista y forman parte de tradiciones funerarias domésticas del pueblo hênîa. El llamado 'suicidio masivo' puede ser, al menos en parte, una construcción legendaria posterior. Lo que sí está documentado es la violencia de la conquista, la campaña del capitán Berrío, la orden de castigo y la destrucción de morteros y pinturas rupestres por parte de los conquistadores.

EPÍLOGO DE PERSISTENCIA

Lo que también existe, sin duda, es esto: los comechingones no desaparecieron. "¿Si los comechingones se extinguieron? No, acá estamos", dijo Gladys Canelo, de la Comunidad Quizquisacate, en el estreno del documental sobre Ongamira en 2022. "Nuestros ancestros están en nuestros genes pero lo más importante es que nosotros somos su voz." El cerro todavía se llama de las dos maneras. Según el día.

CONTINUAR LA LECTURA

Ongamira no es solo tragedia:
también es persistencia

Esta crónica narra una herida, pero también una memoria que no terminó de borrarse. El valle puede leerse desde el misterio, desde las raíces y desde la supervivencia de una voz que siguió nombrando lo que otros quisieron renombrar.